Me costó trabajo comunicarme con ella. Después de muchos intentos logré encontrar una vía, una conexión, un estado de ánimo que facilitara el enlace. Yo soy solamente una idea, un ente conceptual, un espíritu con deseos de comunicarme. Ella se sorprendió el día que logré el primer contacto. No supo de dónde venía mi voz, mas se sobrepuso rápidamente y eso me gustó. Nuestros encuentros empezaron a ser más frecuentes y más largos en la privacidad de su habitación. Poco después descubrí que podía acceder a ella en otras circunstancias y fue fantástico. Lo hicimos en el Metro, en la calle, en su lugar de trabajo. Nos explayábamos a placer. Me platicaba sus problemas y parecía no interesarle mi opinión. No me pedía ningún consejo. Pero poco a poco, con el tiempo, las cosas empezaron a cambiar. Ella tomó la iniciativa. Me sorprendía en los momentos más inesperados abandonando toda discreción. Lo hacía cuando le daba la gana, cada vez con más frecuencia, y no paraba de hablar. Me convertí en el escucha perfecto, silencioso y receptivo. Nunca me ha visto ni sabe quién soy pero ha logrado invadir mi espacio y mi tiempo. Eso no me gusta. Siento que he perdido el control. Yo busqué el contacto e inicié la relación pero ella ha impuesto ahora las condiciones de nuestros encuentros. No pude soportar más y decidí ponerle fin al asunto.
El último contacto fue ayer, en un bar de la calle de Palma. Sólo un hombre en la barra, el cantinero y un parroquiano sentado en la mesa del rincón. Ella llegó y se acomodó en una mesa. Me llamó y con su habitual desenfado empezó su verborrea. Siempre era lo mismo. Conocía sus problemas al detalle y sabía las soluciones pero jamás las aplicaba. Sus broncas insolutas eran el combustible de su vida. Su razón de vivir.
Dirán que fui grosero, que eso no se hace, que no es de personas educadas, pero finalmente reuní el valor para largarme y dejarla hablando sola.



