lunes, 1 de julio de 2013

MARINO

Siempre me ha fascinado la magia que parece tener la navegación a vela; el hecho de deslizarte en silencio sobre la superficie del agua, impulsado por la mano invisible del viento.
    Cuando era pequeño, (¡Uuuuhh!) construí mi primer barco de vela con dos semillas de fresno. Con él logré cruzar el océano de un gran charco. Fue una verdadera hazaña y la guardo con alegría en mi memoria. Después vino el enamoramiento cuando conocí la "Canción del pirata" de Espronceda, aquella que empieza: "Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela"... ¿La recuerdan? ¿No? ¡Qué pena! ¿Sí? ¡Qué bueno! Pero ¡basta de preámbulos!
    Ya adulto, lo primero que hice fue aprender cuanto pudiera, al menos en teoría, sobre el arte y la técnica de la navegación a vela. Conseguí una enciclopedia sobre el tema, muy bien escrita y mejor ilustrada, donde encontré todo un mundo de términos y conceptos de marinería que me resultaron fascinantes. Desde la nomenclatura de todas las partes del navío de vela, hasta las expresiones usadas en navegación y por supuesto, el manejo de timón y vela para el máximo aprovechamiento del viento.
    Puedo decirles que me convertí en un navegante teórico de primera. Sólo me faltaba un detallito: la embarcación. Busqué por todas partes sin hallar algo que me gustara o que pudiera pagar, hasta que un día, circulando por la calle, alcancé a ver un casco amarillo dentro de un lote de remolques. Regresé y entré a preguntar. Era una canoa de fibra de vidrio de cuatro metros de eslora y construcción aceptable, más ancha de manga que una canoa común, ideal para convertirla en un bote de vela con cierta facilidad y economía. La compré.
    Entonces vino la labor de modificación. Le corté la popa puntiaguda y le puse espejo (popa plana para montar el timón). Le construí una caja para la orza ajustable, un soporte para el mástil y le instalé un sistema de poleas y bitas para manejar la botavara de vela latina que confeccioné personalmente. Quedó muy bien.
    La botadura se llevó a cabo en medio de una gran soledad allá en las "Costas de Valsequillo" . Tras varias semanas de pruebas y ajustes, incluyendo un tormentoso aguacero, decidí lanzarme al mar.
 
    Acapulco. Lugar ideal para una prueba de navegación. Una tarde de fuerte brisa me lancé a cruzar la bahía partiendo del antiguo Club de Yates, con rumbo a la base naval de Icacos. De ida todo fue bien, con viento en popa, fuerte y constante. Una chulada comparada con las rachas sorpresivas de Valsequillo. El velero se comportaba de maravilla. Bien equilibrado, sensible a los mandos. Todo el trayecto lo realicé con la escota fija y el timón en firme. Las olas golpeaban el casco que se cimbraba pero resistía perfectamente. Luego de un par de horas, estaba frente a Icacos. Era el momento de regresar. Empuñé la escota y el timón e inicié el viraje para volver, ciñendo la vela a estribor lo suficiente para evitar la trasluchada. El giro fue impecable, casi sin perder velocidad. Ahora vendría lo bueno.
    Proa al Club de Yates. Viento en contra. La prueba de habilidad para cualquier navegante novato. Buscar el ángulo correcto y de máxima eficiencia. Correr una bordada lo más larga posible en un ángulo conveniente para avanzar en diagonal respecto al rumbo de destino y al final de esa bordada, pasar la botavara al lado opuesto mientras se maniobra con el timón para fijar el rumbo de la nueva bordada. Así, en zigzag, se navega "contra" el viento. Es un ejercicio fantástico.
    Llevaba una buena proporción de avance cuando un fuerte impacto en el fondo del casco me sobresaltó. Algo me había golpeado. Con mucho recelo, busqué alrededor del velero para ver si había maderos flotando pero no pude ver nada. Un breve estremecimiento me sacudió el cuerpo. Un tiburón, pensé, me hubiera levantado un poco la embarcación. De pronto, me quedé inmóvil. En el fondo de la quilla, el mástil había desprendido su apoyo y estaba precariamente atorado en el soporte superior que estaba a punto de ceder. De inmediato arrié la vela para eliminar la presión. Estaba al garete y lo peor era que el viento me regresaba rápidamente.
    Cuando esto me sucedía, el sol se estaba poniendo y tuve que buscar alternativas de acción. Dejarme llevar por el viento y paleando con el remo de emergencia arribar a la playa cerca de la base naval, que era el punto más cercano, pero ahí las olas rompían con fuerza y podría naufragar. No. ¿Entonces? La otra opción era remar a contraviento y cruzar toda la bahía hasta el Club de Yates donde además, tenía el coche estacionado. Ahí, la mar estaba en calma y había playa suave donde atracar. Desde luego que descarté, por pundonor marítimo, la posibilidad de pedir ayuda a alguna embarcación. No mientras tuviera recursos y desde luego que contaba con un remo. Decidí remar y empuñé la pala con un ritmo de cuatro por cuatro (cuatro golpes por la derecha y cuatro por la izquierda alternadamente) sólo que, sentado en popa y con el viento en contra, la proa ligeramente elevada derivaba, ora a babor, ora a estribor y me la pasaba corrigiendo el rumbo y avanzando poco. Si dejaba de remar, el viento me regresaba de inmediato y perdía lo adelantado. así que en un golpe de ingenio digno de un lobo de mar, me pasé a la proa y reanudé la boga. ¡Santo remedio! El bote avanzaba recto con la popa como timón de viento.
    Remé más de tres horas sin parar y sosteniendo el ritmo, siempre conservando el rumbo marcado por las luces de la costa. Cuando llegué al embarcadero, un comité de recepción formado por botes anclados, me esperaba silencioso en la penumbra moviendo afirmativamente sus proas al compás del suave oleaje. ¡Lo había logrado! Ahora faltaba la maniobra de sacar el bote, desmantelarlo y subirlo al toldo del coche. Estaba agotado pero feliz. Al terminar de amarrarlo, me sorprendió escuchar unos aplausos. Ahí, bajo un cobertizo que no había visto, dos guardiamarinas de la  Marina Armada me ovacionaban, yo creo que por la maniobra de subir yo solo el velero al toldo del auto, que era muy ingeniosa, pues si hubieran visto mi odisea marinera me hubieran sacado en hombros.
   
    Llegué al hotel cerca de la una de la mañana donde mi familia me esperaba preocupada y a punto de llamar a los guardacostas. Mientras escribo esto puedo ver, a través de la ventana de mi estudio, el navío que reposa boca abajo esperando con paciencia a que mi marinero corazón decida zarpar de nuevo. Si acaso no, me queda el profundo consuelo de esta frase que no recuerdo dónde leí: "El verdadero navegante construye su barco en el desván".