martes, 18 de agosto de 2009





LA LUZ



Todo lo que podía percibir era esa tenue luminosidad que le rodeaba por completo como si estuviera dentro de una nube homogénea sin tener sensaciones en lo absoluto, sin tener siquiera la noción del tiempo. No sabía si estaba inmóvil o si se movía; no escuchaba absolutamente nada, ni siquiera el siseo del silencio absoluto en su cerebro. Ignoraba cuánto tiempo había estado ahí pero le parecía haber estado siempre y nunca antes al mismo tiempo. Sin embargo, aunque vagamente, recordaba haber sido diferente y haber estado en otro lugar, pero no sentía la necesidad de hacer memoria; como si el recordar careciera de importancia.

La suave luz que le rodeaba parecía no tener una fuente definida y daba la impresión de venir de todas partes como si cada partícula del medio produjera su propia radiación. Podría decirse que se encontraba dentro de la luz. Resultaba completamente inútil voltear a los lados o tratar de ver hacia arriba o hacia abajo pues la total ingravidez y la absoluta falta de referencias eliminaba cualquier posibilidad. Pareciera estar mirando en todas direcciones al mismo tiempo y quiso frotarse los ojos con las manos en un acto reflejo que se desvaneció de inmediato al no sentir movimiento alguno y darse cuenta de que no podía cerrar los ojos ni frotárselos pues no tenía manos y tampoco tenía ojos. Entonces se dio cuenta de que no tenía cuerpo y de que no estaba viendo nada; simplemente formaba parte de esa luz; sencillamente estaba ahí. Una sensación de completa tranquilidad le envolvía con la certeza de que nada le causaría el menor daño. Era un estado extraño, agradable, incomprensible y fascinante.

Se sentía libre para ir a cualquier parte pero no había parte alguna a dónde ir. Sabía que podría ver todo pero no había cosa alguna que ver, nada que oír, nada que tocar, nada que sentir en el significado más estricto de la palabra. Sus percepciones eran instantáneas y se dio cuenta de que no requería de las palabras para captar una idea pura; el lenguaje le resultaba innecesario. Su omnipresencia era total, infinita.

La conciencia de su nueva magnitud no dejó de asombrarlo y curioso, mas con un cierto resquemor se cuestionó - ¿Qué soy? - y la respuesta ya estaba ahí al hacer la pregunta. - Una partícula del Todo.
- ¿Qué es el Todo?
- La absoluta existencia del Ser.
- ¿En dónde estoy?
- En el umbral de la Nada.
- ¿Qué es la Nada?
- La absoluta inexistencia del Ser.
- ¿De dónde vengo?
- De un estado de imperfección.
- ¿Cuál es mi destino?
- La integración con el Todo.
- Porque estás suspendido en un lugar de la Eternidad donde eres y no eres al mismo tiempo.
- ¿Qué es esa luminosidad blanca que percibo?
- Es la intuición. Lo que te permite conocer la Verdad.
-¿Qué es la verdad?- La Verdad es lo que Es.
- Yo quiero ser.
- Serás.

De pronto, una turbulencia agitó violentamente el medio y (CONTINÚA) durante un tiempo la luminosidad enrojeció y se obscureció hasta la negrura. Sintió frío y sintió temor. Se sintió solo, perdido, abandonado y quiso llorar y quiso gritar y quiso moverse mas no pudo. Sintió también que tenía un cuerpo y que estaba atado. Sintió una intensa náusea y un profundo desasosiego; luego una terrible angustia y una ansiedad indescriptible que iba en aumento y amenazaba con ahogarlo. De pronto todo cesó. Una pequeña luz empezó a crecer y a crecer hasta iluminarlo todo como antes. Un suave relajamiento lo invadió poco a poco y de nuevo se encontró rodeado de aquella conocida luminosidad y pensó:
- ¿Acaso he vuelto?
- Sí, has vuelto.
- ¿A dónde voy?
- No vas. Ya estás.
- La nebulosidad fue disolviéndose permitiéndole "ver" con claridad el origen de la luz. Una luz intensa y blanca como la de todos los soles juntos, tibia y reconfortante, apacible y benefactora; una luz que parecía contener toda la bondad del Universo; la paz y la justicia; inefable, atrayente, bella. Un anhelo impaciente se apoderó de él y deseó estar ya ahí. Con placer infinito se vio proyectado a velocidad cósmica hacia la luz, que a medida que él se aproximaba crecía y crecía hasta adquirir magnitudes infinitas y envolviéndolo todo. De pronto, en un instante indescriptible, se disolvió como una gota de sol en un universo de luz. Ya no tenía más preguntas. Ya no tenía dudas. Ya lo sabía todo. Ahora ya era.
El cirujano se quitó el cubrebocas, respiró hondo y con un gesto de impotencia resignada miró a sus colegas en el quirófano y dijo:
- Señores, lo hemos perdido cuando ya prácticamente estaba salvado. La intervención en sí fue exitosa pero nadie sabe cuándo un corazón aparentemente sano fallará, en este caso por primera y última vez. Gracias a todos por su colaboración. - y salió del quirófano.