Como de costumbre llegaba temprano. En la calle soplaba el vientecillo de otoño. Como todos los lunes, desde mi ventana miraba aproximarse su figura oscura. Se veía pequeña, frágil. Caminó acercándose a lo largo de la alambrada, midiendo cada paso con un ritmo invariable. Yo podría haber escrito un minueto, nota por nota, con el compás de sus diminutos pasos. De fondo, los sonidos de la calle armonizaban con su suave melodía. La bolsa con las partituras, elemento de su imagen desde que yo la recordaba, pendía de su mano izquierda. Al fin llegó. Calculó la distancia, avanzó un poco más, extendió su mano derecha y llamó a la puerta con sus habituales tres toques. Salí a abrirle.
Ya queda poco de mi maestra de música. Sin embargo, espero verla muchos lunes más, antes de que concluya su larga sinfonía.
