martes, 29 de marzo de 2011

ANSIEDAD


En eso de tomar decisiones siempre había sido expedito. Tomó el teléfono y habló breve y conciso. Colgó. Luego, con escénico dramatismo exclamó "¡Alea jacta est!". Empezó a caminar nervioso por la habitación. Eran las cuatro de la tarde. Cinco minutos después se sentó frente a la computadora. Estuvo en el teclado por otros cinco más. Consultó nuevamente el reloj. Las cuatro y diez. Reanudó su actividad tratando de concentrarse pero la idea de lo que estaba por venir le distraía constantemente. Su imaginación se desbordaba. Interrumpió su labor, tomó papel y lápiz y calculó tiempos y distancias. Trazó también una ruta crítica y estimó que llegaría difícilmente a tiempo. Dieron las cuatro y veinte y la tensión a la que estaba sometido empezaba a serle insoportable. Sacó una botella de vino, el sacacorchos y los puso sobre la mesa. Todo estaba listo. Estuvo a punto de asomarse a la calle para ver si la veía venir pero resistió la tentación a niveles heroicos. Luego tuvo un breve lapso de relajación que sirvió para exacerbar hasta un clímax inverosímil su ya patológica exaltación. Las cuatro y veinticinco. Encendió el aparato de sonido y seleccionó música apacible. Las cuatro y veintiséis. Empezó a contar los segundos en voz alta. De pronto, sonó el timbre de la puerta. ¿Será o no será? Corrió hasta la entrada. Abrió y ahí estaba, a tiempo como siempre. Su castillo de naipes se derrumbó estrepitosamente. Bueno, otra vez sería. Siempre resulta emocionante jugar a ver si la pizza sale gratis ¿no?

martes, 22 de marzo de 2011

CANTANTE


Era domingo en Cholula. Cuando llegamos a la plaza, su voz se escuchaba tenuemente a lo largo de los portales. Caminamos hasta el final de la arquería sin decidirnos a salir al sol que quemaba como si estuviera enojado. Para hacer tiempo, decidimos sentarnos a una mesa del último restaurante bajo los arcos y pedimos sendas cervezas, bien heladas.Charlamos cerca de quince minutos y fue cuando llegó junto a nosotros. Con el pelo cortado casi a rape, su cara redonda tenía la seriedad que otorga la experiencia y sus movimientos el actuar pausado que da la madurez. En su espalda, una vieja mochila le servía de contrapeso. Mi esposa lo detuvo y le pidió que nos cantara una canción. Se quitó la mochila y al abrirla comentó que el cierre estaba descompuesto. Dentro alcancé a ver lo que parecía ser una torta mal envuelta en una servilleta de papel. Sacó de ahí un toca CD's. Le preguntamos que cuántas canciones se sabía y haciendo cuentas dijo que diez pero que ahora sólo traía pistas para tres. Encendió su aparato. La música empezó a sonar y bien medido, inició su canto con excelente entonación y ritmo. Su voz era agradable y moderada y en ningún momento perdió la compostura. Lo hacía muy bien. Cuando terminó, le dimos unas monedas y mi esposa le hizo varias preguntas. Afortunadamente iba a la escuela y había pasado a sexto año. Se llama Luis Eduardo y ese domingo debería estar jugando con otros niños de su edad. El último trago de mi cerveza tenía un ligero sabor a sal.

martes, 15 de marzo de 2011

TEMPRANO POR LA MAÑANA


- Anoche vi a tu hermano. - Comentó mi esposa.
- ¿De veras? ¡Qué padre! ¿Y qué te dijo?
- Pues que estaba muy bien y muy contento. Se le veía alegre y sano. Llevaba un pantalón beige y un saco sport a cuadros como uno que tú tenías. Me dio mucho gusto saludarlo. Ojalá tú pudieras verlo algún día.
- Bueno, no creo que pueda mientras yo permanezca aquí. De todos modos cuando lo vuelvas a ver, dale un abrazo de mi parte.
- Sí, con gusto. A propósito, este mes cumple tres años de muerto.
- ¿Tan pronto?

martes, 8 de marzo de 2011

EL ESPERADO


Sólo lo había visto una vez pero se le había quedado en la memoria. Todas las señas y cada detalle. Ahora había llegado el momento. Estaba segura de que en esa esquina solitaria tendría lugar el esperado encuentro. Tenía la certeza de que, en cuanto lo viera, lo identificaría plenamente. Sin embargo, su amor propio le dictaba que debía esperarlo cuando mucho media hora. Más tiempo sería inadecuado para toda mujer que se respetara aunque estaba consciente de que tal vez sería su última oportunidad. Se hacía de noche y el alumbrado público se encendió. Durante un buen rato se entretuvo mirando pasar a otros pero ninguno era el esperado; aquel que identificaría al primer golpe de vista; el que la llevaría a donde ningún otro podría hacerlo. Se miró a sí misma abordándolo en la calle sin temor alguno como si le conociera de siempre. Pasó la media hora y no lo vio llegar. Perdida toda esperanza, se sintió tonta y defraudada. Detuvo un taxi y se dirigió a su casa. El chofer del auto, un hombre de edad, le inspiró confianza y decidió preguntarle. Perdone señor ¿Qué ya no pasan por aquí los microbuses de la ruta 72?