
El golpe fue tremendo. Su cuerpo quedó inerte sobre el pavimento y la gente se aglomeró de inmediato. Hacía menos de dos minutos que ella había salido del café y empezaba a cruzar la calle. Cuando los socorristas llegaron, las lágrimas que corrían por sus mejillas ya se habían secado. Allá, en el café, Zulema giraba entre sus dedos una taza, incrédula por no haber podido leer algún futuro.