miércoles, 6 de octubre de 2010

VENGANZA


El viejo gordo me cayó como bomba. Desde el día que supe que iba a ser mi maestro de inglés sabía que iba a tener problemas con él. Pronto lo confirmé. Su tarjeta de presentación fue un lunes a las ocho de la mañana. Empezaba la clase y yo comentaba con mi compañero de banco las aventuras del fin de semana cuando de improviso:
- ¡Cinco notas malas! ¿Cuál es su número de lista? - gritó señalándome con la regla. Me puse de pie y le contesté con cierta timidez. - Veintitrés - y me volví a sentar.
No soy el único que ha sufrido la terrible "notorrea" de ese señor. Ese año fueron como sesenta los casos en que con la mano en la cintura, vomitó notas malas y hasta ceros en conducta a diestra y siniestra.. Creo que de todos modos, el sistema no le funcionaba para controlar la disciplina en la clase, por demás aburrida y repetitiva. Yo, en lo personal, reincidí un buen número de veces. El caso llegó a ser tan notorio que se formó una especie de cofradía de niños víctimas del profesor. Un club exclusivo cuya membresía llegó a ser motivo de orgullo. Analicemos la mecánica del asunto.
Los lunes por la mañana llegabas a la escuela renovado y lleno de buenos propósitos como sacar diez en conducta, contestar todas las preguntas en clase y sacar diez en aprovechamiento. Hacer todas las tareas y tal vez hasta quedar entre los primeros de la clase al fin de la semana. Esos lunes sin embargo, también eran fatídicos. Ese día entregaban las boletas con las calificaciones de la semana anterior para ser firmadas por los padres. Casi con seguridad llevabas ahí un cinco o hasta un cero en conducta. Como ven, los ingredientes de los lunes eran de por sí explosivos. Empezar un lunes con otro cinco u otro cero mataba todas las esperanzas para el resto de la semana. Carecía de incentivo portarse bien. Para qué, si ya tenías un cero ¿No? Lo curioso es que a veces ya te portabas bien sin la presión de conservar un diez. Como que ya estabas vacunado. No sé. Era confuso pero así era. ¡Ah! Pero mi venganza fue terrible. La oportunidad se presentó un lunes a primera hora en que algún despistado preguntó - ¿Con quién nos toca? - Yo, en un arranque de inspiración divina le contesté - Nos toca con El Caganotas - Una maravillosa sensación de triunfo me invadió al escuchar las exclamaciones de beneplácito de mis compañeros que repetían el apodo muertos de la risa. Pero no paró ahí el asunto. Tres años después pasé a saludar a mis buenos maestros y al caminar entre los chamaquitos de secundaria escuché a alguno exclamar: ¡Chín, nos toca con El Caganotas!