En eso de tomar decisiones siempre había sido expedito. Tomó el teléfono y habló breve y conciso. Colgó. Luego, con escénico dramatismo exclamó "¡Alea jacta est!". Empezó a caminar nervioso por la habitación. Eran las cuatro de la tarde. Cinco minutos después se sentó frente a la computadora. Estuvo en el teclado por otros cinco más. Consultó nuevamente el reloj. Las cuatro y diez. Reanudó su actividad tratando de concentrarse pero la idea de lo que estaba por venir le distraía constantemente. Su imaginación se desbordaba. Interrumpió su labor, tomó papel y lápiz y calculó tiempos y distancias. Trazó también una ruta crítica y estimó que llegaría difícilmente a tiempo. Dieron las cuatro y veinte y la tensión a la que estaba sometido empezaba a serle insoportable. Sacó una botella de vino, el sacacorchos y los puso sobre la mesa. Todo estaba listo. Estuvo a punto de asomarse a la calle para ver si la veía venir pero resistió la tentación a niveles heroicos. Luego tuvo un breve lapso de relajación que sirvió para exacerbar hasta un clímax inverosímil su ya patológica exaltación. Las cuatro y veinticinco. Encendió el aparato de sonido y seleccionó música apacible. Las cuatro y veintiséis. Empezó a contar los segundos en voz alta. De pronto, sonó el timbre de la puerta. ¿Será o no será? Corrió hasta la entrada. Abrió y ahí estaba, a tiempo como siempre. Su castillo de naipes se derrumbó estrepitosamente. Bueno, otra vez sería. Siempre resulta emocionante jugar a ver si la pizza sale gratis ¿no?