Me da pena contar esto, pero aconteció poco antes de mi cambio de conciencia. De hecho, contribuyó a ese cambio.
Éramos cuatro y habíamos caminado a partir de un poblado donde la gente nos miraba como ejemplares de museo. No era para menos. Nuestra estampa "medieval", armados con arcos y flechas, se mezclaba con un champurrado de botas modernas, gafas para el sol y algún sombrero estrafalario. Nos sentimos mejor cuando llegamos a donde nadie nos veía. Cuatro arqueros en busca de lo que saliera, enfoque sólidamente fundamentado en el viejo aforismo que dice: "andando de cacería, cualquier lagartija es pieza".
Buscamos por más de dos horas y si acaso matamos algo, fue de risa. Estoy seguro de que las ardillas, las iguanas y demás fauna local nos miraban desde sus respectivos escondites, frescos y sombreados, comentando entre ellos la frase de Traven: "Sólo los gringos y los perros caminan bajo el sol". El calor era infernal y decidimos regresar sin haber matado nada. Total, un poquito de vergüenza cuando llegáramos al pueblo, no nos iba a doler mucho.
Sin haber disparado una sola flecha, regresábamos arrastrando la botas cuando alguien dijo: ¿Ya vieron? ¡Ahí! Sobre aquella piedra. En efecto, un hermoso cuije, especie de lagartija grande, se asoleaba sobre una piedra boluda, como a unos veinte metros de nosotros. ¡Tírale! me dijeron. Les dije que no. Que sería una flecha perdida. Si fallo por arriba se irá lejos. Si fallo por abajo se hará pedazos. ¡No importa hombre! Tírale con la más vieja que tengas. Así de fácil me convencieron. Saqué una flecha con plumas maltratadas y apunté bajo a propósito. Solté. La flecha pegó un centímetro abajo del animal en la piedra boluda y se hizo añicos llevándose al pobre cuije que nunca supo lo que lo mató. Encontramos la flecha diez metros atrás con el animalito ensartado en las astillas. Era hermoso. Por primera vez sentí una especie de remordimiento. Algo me decía que aquello no tenía sentido. Que no era necesario quitarle la vida a ningún animalito para demostrar que se tiene buena puntería. En fin, fue una vivencia que me dejó un sedimento inquietante. Una especie de huella indeleble que se me presentaría muy pronto una vez más. Pero como dijo la nana Goya: "Eso, ya es otra historia".
