lunes, 2 de septiembre de 2013

EN "LA BOLA"

Corríamos por la zanja para acercarnos al casco de la hacienda. Por arriba de nuestras cabezas, las balas zumbaban como abejas furiosas. Llegamos los primeros al recodo donde ya nos podían ver los pelones. Ahí tuvimos que esperar a que llegara el resto de la gente. Nos recostamos en el talud con las carabinas sobre el pecho. Juan y yo nos habíamos hecho amigos desde el principio y ya éramos como hermanos. Le pregunté que si tenía miedo y con mucha seguridad me dijo que no. Que no le temía a la Muerte. Que las balas no le entraban. Metió la mano en la bolsa de la camisa y me enseñó un papelito doblado. Dijo que era una oración pa' que las balas no le hicieran nada. Pa' que la Muerte no lo tocara. Que estaba bendito y que eso no fallaba.
    Llegaron los demás y el sargento nos dio las órdenes. Saldríamos de la zanja y a puros balazos llegaríamos hasta la puerta trasera del casco. La tumbaríamos y agarraríamos a los pelones entre dos fuegos. Con ese plan, la hacienda sería nuestra antes del medio día. Al escuchar la orden salimos disparando. Desde las ventanas y las azoteas respondieron al ataque y algunos cayeron muertos o heridos. Éramos muchos los que salíamos de la zanja y poco a poco la resistencia disminuyó. Pegados al muro estábamos a salvo mientras los de la dinamita hacían lo suyo en el portón. La explosión  hizo volar pedazos y astillas de madera. Luego entramos corriendo y disparando. Una segunda explosión nos sacudió. Un cañón en el patio, cargado con metralla, disparó a boca de jarro contra los que entrábamos. Nos tumbaron a todos, pero los demás pasaron encima de nosotros y el cañón no volvió a disparar. Quise levantarme pero no pude. Tenía la pierna derecha atravesada. Los muchachos ya subían las escaleras y después de una buena balacera se acabó la resistencia. La hacienda era nuestra. Me amarré el paliacate en la pierna y pude levantarme. Entre los gritos de los heridos busqué a Juan y luego lo encontré. Estaba tirado en el suelo, junto a su carabina,  con la boca y los ojos muy abiertos y el pecho destrozado por la metralla. El puño derecho apretado dejaba ver un papel amarillento. El sargento llegó cuando se lo sacaba de la mano. Lo miré y se lo di al sargento. Él lo leyó, lo dobló de nuevo, lo guardó en la ensangrentada camisa del difunto y dijo: "Pobre Juan. Nadie le dijo que la Muerte no sabe leer".