Voy a construir un globo. Un aerostato. No lo quiero para ir a parte alguna. Es mi navío de escape. La cabina será de fibra de carbono y titanio, materiales ligeros de gran resistencia porque puede haber vientos fuertes. El globo estará hecho de Kevlar, hinchado con helio, y tendrá forma aerodinámica para reducir el efecto del viento. A bordo llevaré lo necesario para sobrevivir treinta días. Cuando esté terminado, esperaré las torrenciales lluvias. Me elevaré a setenta metros de altura, anclado a tierra en un bloque de concreto. Desde arriba miraré cómo el agua inunda todo. Mi proyecto avanza rápido. El mes próximo, habré ahorrado lo necesario para comprar setenta metros de cuerda. VENTANUCO PARA ASOMARSE A LEER RELATOS INTRASCENDENTES, NARRACIONES, ANÉCDOTAS Y UNO QUE OTRO CUENTO.
lunes, 30 de septiembre de 2013
CUÁL DILUVIO
Voy a construir un globo. Un aerostato. No lo quiero para ir a parte alguna. Es mi navío de escape. La cabina será de fibra de carbono y titanio, materiales ligeros de gran resistencia porque puede haber vientos fuertes. El globo estará hecho de Kevlar, hinchado con helio, y tendrá forma aerodinámica para reducir el efecto del viento. A bordo llevaré lo necesario para sobrevivir treinta días. Cuando esté terminado, esperaré las torrenciales lluvias. Me elevaré a setenta metros de altura, anclado a tierra en un bloque de concreto. Desde arriba miraré cómo el agua inunda todo. Mi proyecto avanza rápido. El mes próximo, habré ahorrado lo necesario para comprar setenta metros de cuerda. sábado, 28 de septiembre de 2013
BICHO RARO
Es un país extraño en el que pasan cosas también extrañas. Los nativos se la pasan peleando unos contra otros. Nadie está de acuerdo con nadie. Los gobernantes no son como todos quisieran. Todos desconfían de todos y cada quién se rasca como puede. Muchos logran hacerse de dinero explotando a los demás. Los negocios sucios proliferan y las minorías se organizan para perturbar el trabajo normal de las mayorías.
Con esta realidad, las personas pretenden escapar de ella y buscan cosas raras para distraerse. No pude hallar mejor lugar para llegar. En muy poco tiempo he cobrado fama. Todos han oído hablar de mí y algunos dicen conocerme. Considerando el entorno puedo decir que soy exitoso. Mi actividad ha sido comentada en muchísimos periódicos y noticieros televisivos. Se han publicado libros sobre mi trayectoria y se especula sobre mi naturaleza. Yo la paso bien. Trabajo duro en ciertas temporadas y me vuelvo el tópico de actualidad entre la gente. Los políticos me consideran una presencia providencial con la que la gente olvida sus problemas. Sólo hay una cosa que no me agrada. Habiendo tantos nombres en el idioma, me pusieron uno demasiado funcional, tal vez debido a mi principal actividad: "El Chupacabras".
miércoles, 18 de septiembre de 2013
TESORO
Caminaba entre la gente. Las manos crispadas en los bolsillos y el paso irregular. Deseaba que todos lo supieran y al mismo tiempo desconfiaba. No quería que le robaran su tesoro, pero tenía un problema: no sabía dónde ocultarlo. De repente daba grandes saltos, giraba en el aire y sentía que volaba como un saltimbanqui desquiciado. Recobraba el aliento caminando despacio y reanudaba sus cabriolas extendiendo los brazos en el aire. Después de un buen rato, llegó a un jardín público y se dejó caer en una banca con el corazón agitado.
Es inútil -dijo para sí- y con una gran sonrisa concluyó: ¡No puedo ocultar mi felicidad!
jueves, 12 de septiembre de 2013
EL GRITO Y LOS GRITOS

Dormía en mi banca favorita de la plazuela sombreada por los árboles. Habían montado un tablado y me despertó un cantante otoñal vestido de charro, que entretenía a la escasa concurrencia con algunas interpretaciones. Su talento era acompañado con pistas de mariachi que se dejaban oír por dos altoparlantes. Escuché una canción ranchera con la que aquel hombre pretendía "sacar juventud de su pasado" y aplaudí con beneplácito. Pero después ¡ay mamá! Tuvo el placer de presentar a "su hijita", rolliza mujer de unos treinta años que seguramente regresaba de comprar el pan, ataviada con una especie de guayablusa verde limón y pantalones sintéticos de color azul. En cuanto tomó el micrófono se disculpó por su atuendo tan inadecuado para la ocasión, pero que eso no importaba pues el espíritu patriótico no requiere de caracterizaciones superfluas y que lo que realmente valía era el deseo de agradar al respetable y ¡qué caray! ser mexicano. Le pusieron una pista musical y tras los primeros acordes, arrancó a destiempo y de su desafinado pecho que no era ronco, ¡faltaba más! salió algo parecido a un famélico lamento que pretendió alcanzar una nota que escapó muerta de la risa. No sólo no dio el tono sino que el aire se le acabó cuando le faltaban seis corcheas. La música grabada no perdona. El mariachi electrónico nunca la esperó y terminó por dejarla rezagada. Como dijo un personaje: "¡Fue horrible, fue horrible!". Pero lo peor vino después. Terminó la canción "a capella" con gran desparpajo y, fiel a sus conceptos gritó ¡viva México!, hizo una profunda caravana y el público sobreviviente tuvo el desenfado de aplaudirle, apreciando tal vez el esfuerzo y el valor.
Yo no pude hacerlo. No puedo ser hipócrita. Me despertaron con un espectáculo de dudosa calidad y ahora me costaría trabajo volver a conciliar el sueño. No cabe duda. Las fiestas patrias provocan la relajación de los valores artísticos y mi banca favorita deja de ser, en esos días de Septiembre, el mejor lugar para dormir. Pero bueno, siempre me queda un recurso... ¡Salucita!
lunes, 2 de septiembre de 2013
EN "LA BOLA"
Corríamos por la zanja para acercarnos al casco de la hacienda. Por arriba de nuestras cabezas, las balas zumbaban como abejas furiosas. Llegamos los primeros al recodo donde ya nos podían ver los pelones. Ahí tuvimos que esperar a que llegara el resto de la gente. Nos recostamos en el talud con las carabinas sobre el pecho. Juan y yo nos habíamos hecho amigos desde el principio y ya éramos como hermanos. Le pregunté que si tenía miedo y con mucha seguridad me dijo que no. Que no le temía a la Muerte. Que las balas no le entraban. Metió la mano en la bolsa de la camisa y me enseñó un papelito doblado. Dijo que era una oración pa' que las balas no le hicieran nada. Pa' que la Muerte no lo tocara. Que estaba bendito y que eso no fallaba.
Llegaron los demás y el sargento nos dio las órdenes. Saldríamos de la zanja y a puros balazos llegaríamos hasta la puerta trasera del casco. La tumbaríamos y agarraríamos a los pelones entre dos fuegos. Con ese plan, la hacienda sería nuestra antes del medio día. Al escuchar la orden salimos disparando. Desde las ventanas y las azoteas respondieron al ataque y algunos cayeron muertos o heridos. Éramos muchos los que salíamos de la zanja y poco a poco la resistencia disminuyó. Pegados al muro estábamos a salvo mientras los de la dinamita hacían lo suyo en el portón. La explosión hizo volar pedazos y astillas de madera. Luego entramos corriendo y disparando. Una segunda explosión nos sacudió. Un cañón en el patio, cargado con metralla, disparó a boca de jarro contra los que entrábamos. Nos tumbaron a todos, pero los demás pasaron encima de nosotros y el cañón no volvió a disparar. Quise levantarme pero no pude. Tenía la pierna derecha atravesada. Los muchachos ya subían las escaleras y después de una buena balacera se acabó la resistencia. La hacienda era nuestra. Me amarré el paliacate en la pierna y pude levantarme. Entre los gritos de los heridos busqué a Juan y luego lo encontré. Estaba tirado en el suelo, junto a su carabina, con la boca y los ojos muy abiertos y el pecho destrozado por la metralla. El puño derecho apretado dejaba ver un papel amarillento. El sargento llegó cuando se lo sacaba de la mano. Lo miré y se lo di al sargento. Él lo leyó, lo dobló de nuevo, lo guardó en la ensangrentada camisa del difunto y dijo: "Pobre Juan. Nadie le dijo que la Muerte no sabe leer".
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