Había anochecido. Los colores que prestaban su alegría a los muros de las casas se tiñeron de gris. La calle empedrada brillaba de humedad y todo parecía estar en blanco y negro. El silencio fue envolviéndolo todo. El ruido de mis pasos parecía un susurro lento, acompasado. Un farol allá adelante cobró vida y empezó a darse importancia. Su brillo mortecino permitía percibir en cada piedra un pequeño punto de luz. El aire estaba quieto. La ligera cuesta ascendente agitaba un poco mi respiración. Entonces la vi. Bajaba lentamente e iba cubriendo poco a poco los elementos de la calle. El farol, que ya estaba más próximo, se disolvió en un esfumado tenue que sólo dejaba ver su base oscura. Su luz se disolvió agonizante en el entorno. No quise esperar a que me alcanzara y decidí ir a su encuentro. Suavemente me envolvió con su abrazo. Me humedeció con su aliento. Me detuve y quedé inmóvil. Luego, muy despacio, giré sobre mí mismo y la vi rodeándome por completo. Aquello era otro mundo. Otra dimensión. Así permanecí algunos segundos. Luego reanudé la marcha. Llegué a casa. Abrí la puerta, entré, encendí la luz y el encanto desapareció. Afuera, tras la puerta, la niebla silenciosa me seguía esperando.
