martes, 5 de junio de 2012

DIOSES

Sansón, joven e inquieto, salió de su pueblo para conocer un poco del mundo. Del mundo filisteo en este caso. Como correspondía a todo buen nazareno, su larga cabellera flotaba en el viento de ese día en que se dirigía a la ciudad de Timnat, más filistea que cualquier otra. El encanto de esas ciudades, relatado por muchos viajeros, había capturado su imaginación y deseaba ver con sus propios ojos los atractivos de esa civilización tan diversa, por no decir opuesta, a la de sus padres. Algo debía de tener para estar dominando a su pueblo desde hacía años. A mucho andar, llegó a las murallas de la ciudad. Contempló con interés los edificios, entre ellos uno que sobresalía en la plaza mayor: el templo de Dagón, uno de los principales dioses del panteón filisteo. Pasado un tiempo desde su llegada, logró relacionarse con algunos miembros de esa sociedad y decidió, oponiéndose a los deseos de sus padres y las órdenes de Yahvéh, casarse con una mujer filistea. Ese fue el principio del  fin. En lo sucesivo, a Sansón le fue como en feria. Tomando decisiones con los bíceps, se enemistó con muchos y mató a un montón de filisteos que demostraron ser las víctimas ideales de su tremenda fuerza. Pierde a su mujer y a cambio le dan otra. En pleno berrinche, Sansón les pega fuego a los campos y cosechas filisteas. Éstos, más enojados todavía, queman a su mujer y le prenden fuego a la casa de su suegro. Aquí vemos que se llevaban pesado. En una nueva represalia, siempre después de consultar con la testosterona y sus bíceps, Sansón va y le pone una felpa fenomenal a un grupo de infortunados filisteos que lo habían mirado feo y escapa.
    El ligero enfado de Yahvéh se sigue manifestando. A salto de mata, Sansón se oculta en un promontorio rocoso llamado Etán, de donde su propio pueblo lo saca, a petición de los filisteos, y lo entregan atado a sus enemigos. Sansón, muerto de la risa, rompe sus ligaduras y con una quijada de burro que encontró a la mano, les machacó el cráneo, uno por uno, a mil filisteos, prácticamente sin despeinarse. Su pueblo, ante esa demostración de súper poderes, prefirió nombrarlo juez para tenerlo contento, cargo que ejerció por veinte años.
    Poco después, por razones que imagino, tiene que huír y se dirige a Gaza donde una prostituta muy enterada de sus capacidades, le ayuda y protege. En eso, Yahvéh recuerda que Sansón todavía se la debe y manda a un grupo de sus enemigos a matarlo. Sansón escapa y se refugia en Hebrón, donde conoce y se enamora, ya se había tardado, de Dalila, mujer de muy buen ver, originaria y vecina del lugar, adoradora de Dagón y por lo tanto, cien por ciento filistea. Yahvéh ora sí que se enoja y deja que los paisanos de Dalila la sobornen para obtener el secreto de la extraordinaria fuerza de Sansón. Dalila lo logra después de ser engatusada varias veces por aquél. Dormido, seguramente agotado, le corta el pelo y lo entrega indefenso como un niño a los habilidosos filisteos. Éstos, más pronto que ya, le sacan los ojos en nombre de Dagón y lo ponen a mover la piedra de un molino de grano. Yahvéh se siente satisfecho y deja a Sansón chambeando ahí por una temporada.

    La naturaleza es sabia y el cabello de Sansón volvió a crecer y ¡Oh maravilla! La tremenda fuerza regresó con él. Sansón se hizo el disimulado por un tiempo mientras el ejercicio de empujar la piedra del molino le ponía los músculos como aquélla.
    Un día en una celebración de agradecimiento a Dagón por haberles entregado a Sansón, (desde entonces ya se agradecía a las deidades) a alguien se le ocurrió que lo trajeran para hacer mofa de su triste situación (eran bien machos) y lo pusieron entre dos columnas del templo. Noblezote como era el fortachón de Sansón, le pidió al tal Yahvéh que le diera chance de romperles todo lo que se llama templo a los filisteos y, como el que calla otorga, empujó con tal violencia las columnas que el edificio se vino abajo con Sansón y tres mil filisteos adentro según consta en las crónicas de la época.
    Allá en lo alto, disfrutando del espectáculo, Yahvéh y Dagón alzaban sus copas a la salud de los hombres.