martes, 3 de abril de 2012

DINKY

Iba en mi coche un domingo cuando lo vi. Cruzaba sin prisa los rieles del ferrocarril y no pude creerlo. Lo conocí hace más de veinte años. ¿Sería él? Decidí estacionar el auto y bajar a verlo para asegurarme. Lo encontré junto a un puesto de cemitas. Se veía bien y muy sano. No había cambiado nada. Me acerqué y estaba a punto de hablarle cuando volteó la cabeza y me miró. Sus ojos color café claro increíblemente delineados reflejaban la vitalidad e inteligencia que yo recordaba. El pelo castaño rodeaba su cabeza. No había duda, era él. En ese momento la voz de un niño, desde otro puesto, le llamó. Fue a donde la voz y vi salir a un chamaquito. Le pregunté cómo se llamaba. ¡Dinky! Se llama Dinky, me contestó. Me quedé de una pieza. ¡Era él! Oye, ¿Cuantos años tiene? Como tres. ¿De veras? Le dije. Está muy bonito. Sí, es hijo de un hijo de Dinky, por eso le pusimos así, Dinky. No pude evitar sonreír. ¿Era lógico ¿no?