Voy camino del final desde el día que nací, pero ahora veo más próximo el extremo de la vía y eso me da mucho qué pensar. Por ejemplo: ¿Qué harán con mi fiambre cuando muera? Como no hay mucho de dónde escoger, tengo que establecer prioridades.
1.- Donar mi cuerpo a la Ciencia (eufemismo complejo para decir "a ver qué sirve todavía"), o regalarlo a alguien que aprecie los modelos clásicos. En las colisiones con la vida quedan piezas que no son precisamente chatarra.
2.- Lo que quede, deberá ser incinerado en un aparato ecológico para ser congruente con mis preferencias ambientales y
3.- Que rieguen mis cenizas desde un Airbus fletado exprofeso, en medio del Pacífico... Bueno, desde una canoa en el centro de Valsequillo.
Hecho esto, sólo quedará mi recuerdo en la memoria de las generaciones futuras, que nunca jamás... Eh, mil disculpas. Me dejé llevar por el optimismo. Lo que quería decir es que por ningún motivo me sepulten. Mi claustrofobia sería terrible y además correría el riesgo, dado mi gran amor por la vida, de que en esas condiciones de humedad y silencio, vaya yo a germinar como frijol y renazca en condiciones nada favorables para un pleno desarrollo. En los panteones, las matas de frijol no son bien vistas pues atestiguan el humilde origen de los sepultados. (Me pregunto: ¿cómo verá un frijol el mundo? ¿será consciente de su segura conversión en volátil fluido? ¿estará dispuesto a aceptar que en su presencia, todos nieguen su paternidad?) Eh... Perdón otra vez por la digresión, pero no lo pude evitar. Es mi omnipresente vena filosófica. Pero retomando el tema, nunca me gustaron los panteones. Son una especie de club al que nadie quiere pertenecer, pero a lo que más temo es a las lápidas. Bueno, no exactamente a las lápidas sino a los epitafios. Según éstos, el noventa y nueve por ciento de los difuntos fueron una maravilla. Sé de buena fuente que algunos de ellos, cuando vivían, redactaron sus propios epitafios, pero son los menos. Yo no podría hacerlo. Mi modestia no me lo permitiría. Además, los extraños que lo leyeran pensarían que mis deudos me faltaron al respeto, porque yo no desperdiciaría la oportunidad de dejar grabada en piedra, la última broma sobre mí mismo.
