
Ya llevo un buen rato frente a ti y ni una palabra. ¿Te he hecho algo malo? ¿He cometido alguna indiscreción? ¿He abusado de alguna manera de tu impoluta inocencia? ¡Dime! No te quedes callada. - Silencio... - Puedo esperar todo el día si fuera necesario pero... ¡Ah! Ahora empiezas a cubrirte, lenta e inexorablemente, en ese suave rito de ocultar tu desnudez como quien cierra una cortina; despacio, suavemente y con cierta lascivia. Una cortina que si bien te nubla, no te esconde totalmente y sigue dejando entrever la blancura de tu piel. Esa piel fascinante que me reta a cubrirla con mis pensamientos, con mis manos. Sabes bien que he repetido este auto de liturgia innumerables veces y sin embargo, la emoción es cada vez más fuerte y más profunda... ¿Estás celosa? Jamás he ocultado que no has sido la única. Modestia aparte han sido cientos, tan inocentes e inmaculadas como tú y, como a todas ellas, te estoy sumamente agradecido por haberme permitido acariciar y cubrir tu piel con estas letras.