A las tres de la madrugada, "El Chamoy", se encontraba parado en aquella esquina. El farol en el muro recortaba su silueta: la cachucha calada hasta los ojos; el cuchillo disimulado en la mano; el cigarrillo apagado en los labios y las malas intenciones en la mente. No faltarían víctimas alumbradas de alcohol que pasaran por ahí. Era cuestión de esperar.
Percibió la figura de un hombre que se aproximaba y dio principio a su rutina del borracho que busca los cerillos. El sujeto llegó a donde él estaba.
-Compadre, ¿tienes un cerillo?- le preguntó con voz rasposa. El tipo se detuvo y empezó a buscar entre sus ropas. Entonces "El Chamoy" le mostró el cuchillo que brilló en la oscuridad.
-¡Cáite con la lana! ¡Rápido!- le gritó entre dientes.
-Espérate -dijo el hombre arrastrando las palabras- no tengo cerillos ni traigo dinero, pero ¡traigo un encendedor!- Y dando un paso atrás sacó una .45 y cortó cartucho. "El Chamoy" dio media vuelta, salió corriendo más rápido que un perro apedreado y se esfumó entre las sombras por las calles del barrio. Tres cuadras después se detuvo a descansar. Había perdido el cuchillo, también la cachucha y sus pantalones estaban mojados. Maldiciendo su suerte, emprendió el regreso a casa. Una vez más, "El Chamoy" le hacía honores a su apodo.
