martes, 30 de agosto de 2011

MISIVA*

Estimado Don Miguel:

    Sírvase Vuesa Merced poner sus ojos en ésta, que con humildad escribo, sin pretensión alguna ni espurio deseo de sobrepujar su ínclita y ubérrima persona.
    Es mi profundo deseo el aprehender su atención hacia los hechos que V.E. expone acerca de mi personal valer, en los fieros combates que contra Don Alonso Quijano hube de sostener y que no fueron puestos a consideración del vulgo por razones que ignoro. Fueron las mías campañas harto fieras, donde si de valor se trata, la enjundia y el arrojo no han sido superados ni en "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". Si a Vuesa Merced pluguiere, humildemente me ciño a sus deseos y suplícole me otorgue la gracia de otra lid en donde espero no ser tan escuetamente citado, sino descrito y ponderado con mayor amplitud e hiperbólica manera y que mi presencia y gallardía no se empañe tras los brillos de mi alfanje.

 Indubitablemente suyo,

 Pentapolín
 Del Arremangado Brazo.

* Hallada en cierta correspondencia mantenida oculta por Lope de Vega, quizá con el oscuro deseo de utilizarla contra Don Miguel por no darles a algunos de sus personajes la oportunidad de desarrollarse plenamente.    

martes, 23 de agosto de 2011

ABRAZO

Había anochecido. Los colores que prestaban su alegría a los muros de las casas se tiñeron de gris. La calle empedrada brillaba de humedad y todo parecía estar en blanco y negro. El silencio fue envolviéndolo todo. El ruido de mis pasos parecía un susurro lento, acompasado. Un farol allá adelante cobró vida y empezó a darse importancia. Su brillo mortecino permitía percibir en cada piedra un pequeño punto de luz. El aire estaba quieto. La ligera cuesta ascendente agitaba un poco mi respiración. Entonces la vi. Bajaba lentamente e iba cubriendo poco a poco los elementos de la calle. El farol, que ya estaba más próximo, se disolvió en un esfumado tenue que sólo dejaba ver su base oscura. Su luz se disolvió agonizante en el entorno. No quise esperar a que me alcanzara y decidí ir a su encuentro. Suavemente me envolvió con su abrazo. Me humedeció con su aliento. Me detuve y quedé inmóvil. Luego, muy despacio, giré sobre mí mismo y la vi rodeándome por completo. Aquello era otro mundo. Otra dimensión. Así permanecí algunos segundos.  Luego reanudé la marcha. Llegué a casa. Abrí la puerta, entré, encendí la luz y el encanto desapareció. Afuera, tras la puerta, la niebla silenciosa me seguía esperando. 

martes, 16 de agosto de 2011

DESEMPLEADO

Estoy muy preocupado. En mi país, en mi ciudad, todo está en orden. Han desaparecido las desavenencias y la discordia y ya nadie las recuerda. Los gobiernos, desde lo federal, lo estatal y lo municipal están cumpliendo a cabalidad con sus funciones. Todos están de acuerdo en que, dentro de lo esperado, aquellos que por nuestro voto ejercen el poder están haciendo su mejor esfuerzo. Están dando lo mejor de sí mismos en sus respectivos cargos y su trabajo es reconocido por la ciudadanía. Saltan a la vista los logros en infraestructura, los apoyos a factores de la producción, las leyes que favorecen la inversión y los trámites fáciles y expeditos para la instalación de nuevas empresas. Es evidente el acceso a la justicia rápida y equitativa. La población confía en una policía que con su trabajo cotidiano ha logrado una tranquilidad social sin precedentes. La criminalidad se ha reducido a escasos brotes aislados de individuos antisociales y delincuentes de poca monta. Nadie habla ya de crimen organizado. El sistema penitenciario ha reducido su población en más de un veinte por ciento y la proporción de exconvictos reinsertados en la sociedad productiva se ha elevado gracias a la correcta aplicación de los sistemas y métodos de rehabilitación social. La economía familiar se ha visto fortalecida debido al incremento en las fuentes de trabajo, los salarios justos y las prestaciones de ley. El transporte público es eficaz y los conductores son un ejemplo de cortesía, precaución y espíritu de servicio. Las manifestaciones de descontento han pasado a la Historia y aquellas marchas y plantones del pasado ni se ven ni se sienten porque ya no están presentes. La justicia social es un hecho contundente. Las personas se dedican con ahínco a su trabajo y tratan de aportar soluciones constructivas en lugar de crear células de agitación. Esto ha traído como consecuencia el florecimiento de excelentes relaciones obrero-patronales y los sindicatos colaboran con las empresas para aumentar la productividad. Ha desaparecido el ausentismo y los turnos normales se bastan y sobran para mantener la producción en sus niveles óptimos. No se requieren horas extra y se piensa ya en reducir la semana laboral para favorecer la convivencia familiar. En fin, el panorama es inquietante por donde se vea. Algo está funcionando bien y me afecta sobremanera. Me encuentro desempleado desde hace rato. Nadie me necesita. Nadie me requiere. No hay nicho de mercado para mí. De todos modos, si acaso alguna vez necesitan de mis habilidades, me pueden encontrar bajo el rubro "HÉROES", pequeña sección casi olvidada de los anuncios clasificados en los mejores diarios del país.

martes, 9 de agosto de 2011

LA NAVE

     Tenía la forma de un gran pez cubierto todo de escamas metálicas que brillaban a la luz de la luna. Se desplazaba en absoluto silencio por debajo de las nubes contrastando su imagen. No parecía querer ocultarse a la vista desde tierra. Es más, daba la impresión de que quería ser visto, de otro modo iría por encima de las nubes. Lenta y majestuosamente giró en mi dirección. Yo estaba clavado en el suelo desde que lo vi y no sé si no podía o no quería moverme, absorto como estaba ante tan insólito espectáculo.
Soy escéptico por naturaleza y mi cerebro trabajaba en innumerables posibilidades, analogías y premisas y las fue desechando una por una. Aquélla máquina, porque tenía que serlo, era algo tan fuera de los parámetros tecnológicos de cualquier aparato hecho por el hombre que lo más parecido habría sido un dirigible, pero cuando empezó a virar hacia donde yo estaba pude observar cómo se curvaba todo su fuselaje. El enorme aparato, calculé que por lo menos medía cincuenta metros de largo y tal vez unos quince de diámetro, ¡Tenía aletas! ¡Sí, exactamente como un pez! Sin embargo, para avanzar no movía la enorme cola sino que simplemente se desplazaba en silencio. Tanto las aletas como la cola parecían hechas de plástico translúcido y permanecían inmóviles. Conforme se fue acercando pude percibir más detalles. Obviamente ¡Tenía ojos! Sí, pero no eran ojos en realidad pues dentro de ellos se podía observar una tenue luz verdosa y alcancé a ver movimientos en su interior. Eran ventanas. Estuve a punto de gritar y echar a correr pero no me fue posible. Lo único que pude hacer fue ponerme en cuclillas, no tanto por quererlo sino porque se me doblaron las rodillas. Aquel "pez" se inclinó y descendió hasta quedar frente a mí a unos cuantos pasos; luego se detuvo flotando a un metro sobre el suelo y lentamente ¡Abrió la boca! Un olor nauseabundo parecido al del pescado podrido emergió del interior. Luego, dos seres humanoides que en lugar de manos tenían una especie de tenazas de cangrejo salieron de ahí y con gran eficiencia me alzaron en vilo y me introdujeron en la máquina hasta un lugar parecido a un quirófano iluminado con esa misma luz verdosa que parecía venir de todas partes. Me acostaron en una plancha y la luz cambió a un tono azulado. Quise moverme pero no pude. Estaba a su merced completamente paralizado. Fue cuando un brazo robótico que portaba una tremenda aguja hipodérmica descendió del techo y clavó sin misericordia la aguja en mi abdomen. El dolor fue tan fuerte que me despertó y corrí veloz al baño a vomitar el huachinango al mojo de ajo que me había despachado en la comida.

martes, 2 de agosto de 2011

CRIPTOZOOLOGO

    Llevaba ya cinco días en esa región de la cuenca amazónica y se había alejado algunos kilómetros de su campamento base. Mochila ligera, el insustituible GPS, un buen cuchillo de monte, un mapa de la zona impreso a prueba de agua, la cantimplora llena, el repelente de insectos, etc., etc.. ¡Ah! y muchas ganas de descubrir, de encontrar y clasificar alguna especie nueva que en lo sucesivo llevara su nombre. Sonaría bonito: "Loqueseatus Artemus".
El Doctor Artemio Hernández soñaba despierto y dormido con la gloria y el reconocimiento de la élite científica. Ese afán lo había llevado a diferentes lugares del mundo. Ahora, en esa selva, agudizaba sus sentidos y lupa en mano escrutaba concienzudamente cuanto bicho se le atravesaba y de inmediato lo identificaba  por su taxonomía. Ese día había recorrido una buena parte de la zona delimitada a ocho hectáreas que él mismo había determinado para esa ocasión sin encontrar nada. Pronto se haría de noche y GPS en mano emprendió el regreso a su campamento, donde lo esperaría un buen baño y una cena frugal preparada por Régulus, su asistente. Sin embargo, nunca llegó. Régulus esperó, con la idea de que tal vez algo se le había atravesado y llegaría más tarde, casi hasta la media noche para dar aviso de su desaparición. Con las primeras luces del día, una brigada de búsqueda y rescate se hizo presente en el lugar, revisaron los mapas que el Doctor había marcado el día anterior y marcharon en su busca. No fue difícil hallarlo. El Doctor era muy metódico y la cuadrícula de su mapa resultó de mucha ayuda. Encontraron su cuerpo reclinado cómodamente en un tronco. Llamó mucho la atención de los rescatadores la expresión de incredulidad y sorpresa que se veía en su rostro. Junto a su cadáver, encontraron también el cuerpecillo inerte de un hermoso colibrí que quedó ahí olvidado por los brigadistas.
La autopsia de ley reveló que el Doctor Artemio Hernández había fallecido por la acción de una neurotoxina de efectos devastadores que acabó con su vida en escasos tres minutos. Durante varios meses se trató de identificar qué clase de bicho había aguijoneado al infortunado investigador y hasta la fecha, se desconoce.