jueves, 23 de mayo de 2013

RECETA PARA CUENTO CHINO

Ingredientes:

    Un kilo de harina de mito
    Una taza de fábula
    Dos cucharadas de levadura de leyenda
    Una pizca de engaño
    Un litro de leche de Quimera (la venden en La Ciudad Prohibida)
    Cinco dientes de dragón (*) (Recién muerto)
    Cien gramos de polvo de pagoda
    Una gota de esencia de credibilidad

Preparación:

1.- Cierna el harina de mito en un cuenco mágico (1)
2.- Añada las dos cucharadas de levadura de leyenda
3.- Incorpore la taza de fábula
4.- Vierta la leche de Quimera y bata hasta que espese
5.- Agregue una pizca de engaño (al gusto)
6.- No omita la gota de esencia de credibilidad (si no la añade, no podrá tomarles el pelo a sus lectores)
7.- Vuelva a batir hasta que la pasta agarre consistencia. Si le queda muy espesa puede agregar otro poco de leche de Quimera

La masa así formada debe quedar uniforme y tener un aspecto terso, sin grumos. Vierta en un molde espolvoreado (con polvo de pagoda) para que no se pegue. Para terminar, coloque en estrella (es muy simbólico), los cinco dientes de dragón.

Advertencia:

Si su cuento chino es de ciencia ficción, deberá añadir a la mezcla, cien gramos de protones (que sean frescos), una cucharadita de isótopos de Uranio y dos o tres gotas de Óxido de Deuterio. Un poco de Polvo Lunar le quedaría muy bien.
Luego agregue un chip de funciones lógicas para que resulte comprensible. Finalmente rocíe todo con rayos Gamma y adorne con cinco bolitas de C4, pero NO lo meta al horno.
¡Listo! Fácil ¿no?

(*) Son de adorno nada más.
(1) Debe ser un cuenco de imaginación para alta temperatura.
NOTA: Si se atreve a escribirlo, va por su cuenta y riesgo.

martes, 14 de mayo de 2013

MANTENIMIENTO

Hace muchos años me dieron un vehículo para que lo usara a mi criterio. Tal vez merecía uno más poderoso, deportivo o de lujo, pero no me quejo. Me ha dado excelente rendimiento en kilometraje y prestaciones. Resultó hecho para durar. Su carrocería está intacta y como lo he cuidado bien, todas sus partes son originales. Nada se le ha roto. Claro que con el uso se ha ido gastando y ha requerido entrar algunas veces al taller para ciertas reparaciones y sus respectivos mantenimientos, pero ahí sigue. Arranca a la primera todas las mañanas, jala muy bien y da lo que se espera de él. Es una maravilla.
    Sin embargo, hace unos días caí en la cuenta de que ya no es nuevo. Aunque todo le funciona, su desempeño empieza a sentirse un poco lento. Es menos brioso y ya no corre como antes, pero sigue caminando tan bien como el que más. Confiable y económico, me lleva a todas partes con seguridad. Es noble, aguantador y nunca me ha dejado tirado, pero debo admitir que ya es viejo. Él y yo hemos compartido aventuras sin fin. Experiencias fantásticas repletas de aprendizaje. Odiseas increíbles y vivencias intensas. Nunca quise llevarlo hasta el límite, aunque sabía que podía, para no agotar prematuramente sus capacidades. Tenía que durarme en buenas condiciones, toda la vida. La adrenalina no es buena consejera aunque pueda ser emocionante. Lo he manejado por más de setenta años y me he encariñado tanto con él, que no lo voy a abandonar ahora que requiere más cuidados. Seguiremos marchando juntos mientras todo le funcione. Mientras tanto, lo trato bien y lo tengo en buenas condiciones. Es el único que tengo.

jueves, 9 de mayo de 2013

¿PEDAGOGÍA?

Me he preguntado muchas veces qué hubiera sido de mi vida estudiantil y profesional si hubiera tenido buenos maestros de matemáticas. Yendo a mis más remotos recuerdos, el primer instrumento de tortura que conocí fueron las tablas de multiplicar y la inevitable necesidad de memorizarlas. Después vinieron los problemas de geometría con las fórmulas nunca bien explicadas y peor comprendidas. Para rematar el cuadro, llegaron los números fraccionarios. Si bien comprendí el concepto, nunca entendí cómo efectuar las operaciones. Créanme que eso me hizo sufrir durante muchos años y llegué a sospechar que era un tarado porque veía a compañeros que la pasaban de maravilla con los números. Aquello se convirtió en un rechazo esencial y un bloqueo mental para los guarismos. Añoraba el tiempo en que dejaría de sufrir esa pesadilla que se extendió, como una pandemia, a la Química y a la Física, asignaturas que me gustaban mucho, sobre todo por los laboratorios. Luego vino el Álgebra, los productos notables y los teoremas, para coronar con las tablas de Logaritmos y la Trigonometría.
    No recuerdo bien cómo lo hice pero finalmente, aprobando esas materias "de panzazo", llegué a la escuela preparatoria donde alcancé la liberación y empecé a disfrutar mi condición de estudiante. A hablarme de tú con los filósofos, a conocer la verdadera Historia y a disfrutar de la Literatura. Había alcanzado la plenitud estudiantil. Pero no era nada más por las asignaturas. Hubo un ingrediente sustancial: ¡Qué maestros! Convertían en un placer el proceso de aprendizaje y lo más importante: nos hacían pensar. Si de por sí siempre tuve un inmanente sentido crítico, ahora ejercía el cuestionamiento como un arma poderosa de descubrimiento. Finalmente, en forma ordenada, inicié la búsqueda de mi verdad.
    Ignoro si actualmente existen corrientes pedagógicas que consideren el proceso de aprendizaje como una actividad de descubrimiento, comprensión y asimilación del conocimiento, sin presiones de evaluaciones que califican la memoria y no el entendimiento. Me hubiera gustado, en la escuela primaria, escoger mis materias a partir del cuarto grado. Habría sido fantástico mi aprovechamiento y excelentes mis calificaciones. Pero hay algo todavía más trascendente: hubiera sido un niño feliz. No lo fui por el sistema. Me lo debe y nunca se lo perdonaré.

miércoles, 1 de mayo de 2013

MONTARAZ

Conocía ese bosque pues lo había recorrido desde que era pequeño. Cada árbol le decía algo. Los matorrales le confiaban sus secretos. Sabía de memoria todos los senderos que lo cruzaban, hasta la llanura. Sólo había un lugar en el que nunca había estado: la cima de la montaña. Ese promontorio rocoso que de seguro le permitiría contemplar todo el valle. 
    Esa noche, algo en su interior le impelía a trepar hasta aquellos peñascos que muchas veces había observado cubiertos de nubes. La luna llena elevaba su disco reluciente sobre el horizonte. Sin dudarlo, se puso en marcha. Los abetos y las secuoyas lo miraban pasar calladamente. El viento también guardó silencio en las frondas. Como una sombra, caminó con la seguridad del que sabe a dónde va. Avanzó por el monte hasta que empezó a notar que los árboles escaseaban y su respiración se hacía más difícil. La temperatura había bajado y su aliento formaba vapor. Se encontró de pronto con terreno desconocido. Ya no había árboles. Sólo matorrales bajos y escasos. Había llegado a la base de la cima rocosa y ahora debería encontrar la manera de trepar hasta la cumbre. La luna había subido e iluminaba el lugar con su luz difusa y fantasmagórica. No se arredró. Él mismo era considerado como un fantasma que rara vez se dejaba ver. Con gran esfuerzo fue encontrando los resquicios que le permitían pasar entre las peñas. Trepó por lugares que apenas le dejaban apoyarse en el borde del acantilado y sintió el vértigo de la altura al mirar el fondo del abismo que le esperaba allá abajo. Sentía que el corazón se le salía del pecho y le faltaba el aliento. Con un salto más, llegó a la cumbre brillante de humedad. La luna recortó su silueta triunfante. Se sentó, contempló el horizonte nocturno y llenando de aire sus pulmones, emitió el rugido más largo y victorioso que un león de montaña hubiera lanzado jamás. Ahora, los demás animales del bosque sabrían que ese territorio era todo suyo.