martes, 9 de marzo de 2010

"HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA"


La falta de oxígeno dificultaba la respiración y se percibía un fuerte olor a combustible que se filtraba por alguna fisura en el fuselaje. La nave era muy vieja. Se desplazaba a gran velocidad y las sacudidas y vibraciones amenazaban con desintegrarla.
Esa mañana, durante un abordaje lleno de suspenso, no me imaginaba lo que me esperaba. La nave iba sobrecargada pero la necesidad de cumplir la misión era superior a cualquier consideración. Los tripulantes, profesionales de diferentes disciplinas, nos apretujábamos en el breve espacio que proporcionaba la cabina. La nave partió y el comandante decidió controlar la nave en forma manual. Debo decir que me sorprendió su habilidad para conducir el módulo de mando, eludiendo con pericia los obstáculos. Aquella tensión se prolongó por más de veinte minutos que me parecieron una eternidad. El resto de los tripulantes iba sorprendentemente sereno y soportaba las condiciones como si estuvieran acostumbrados, aflojando el cuerpo y aguantando estoicos. Yo traté todo el tiempo de disimular que este era mi primer viaje. No lo podía creer cuando finalmente llegamos. Habíamos concluido el viaje y sobrevivido. Salimos de la cabina estirando brazos y piernas y llenando los pulmones con una atmósfera sin olor a combustible.
Todo sucedió aquel día en que se me descompuso el coche y tuve que abordar una Combi colectiva para ir a trabajar.