El profesor, título que yo le puse, llegó un día manejando un 4x4 y se hospedó aquí en La Vista, el único hotel del pueblo que, ubicado en un extremo perdido de la sierra, resultaba poco atractivo para el turismo común. Mi terruño, casi vacío por la emigración, dormitaba su vida entre el recuerdo y el olvido. El profesor era un hombre de unos cuarenta y tantos años, afable y educado, bastante callado. Yo estaba de vacaciones escolares y me entretenía haciendo las veces del botones que el establecimiento estaba lejos de merecer. Gracias a eso pude deducir que era un científico aunque él nunca me lo dijo. No me pregunten de qué rama de la ciencia porque no sabría decirlo pero uno sabe cuando está hablando con un científico. Ciertas palabras que de cuando en cuando soltaba me recordaban a alguno de mis profesores de la escuela. Rápidamente me gané su confianza y me contrató como su guía personal aunque era él quien decidía por dónde ir. Era uno de los tres pasajeros en el hotel y se le veía desayunar solo en el comedor del hotelito, antes de nuestras andanzas por los alrededores del pueblo y por el pueblo mismo. Le gustaba caminar tocando suavemente, casi acariciando, los muros de los viejos edificios. Mientras más viejos, mejor. El tercer día, poco a poco nos fuimos acercando a la iglesia, una construcción del siglo XVII bastante bien conservada, austera como sus fundadores franciscanos que, desde mi punto de vista, distaba mucho de ser una atracción turística. Quiso ver el interior. Entramos. Los muros desnudos estaban adornados, valga la expresión, por los infaltables iconos del vía crucis, sumamente discretos y descoloridos. Dos óleos que el tiempo había oscurecido colgaban a los lados de la nave principal. Llegamos al centro de la cruz formada por el edificio y ahí se detuvo. Lentamente alzó la vista. Tan lentamente como si tuviera miedo de mirar más arriba. Finalmente, sus ojos se fijaron con persistencia en el baldaquín sobre el altar mayor que se encontraba vacío.
Aproveché la oportunidad para lucir mis conocimientos y le relaté la historia del gran robo. Ahí debería estar, obviamente, la imagen de San Francisco. Su desaparición, acaecida hacía más de treinta y cinco años, llegó hasta los diarios de la capital. Vino la policía y también varios conocedores de arte sacro para registrar el acontecimiento pero de ahí a que la encontraran hubo un verdadero abismo. Resultaba por demás interesante que el párroco y la imagen desaparecieran el mismo día y jamás se supo nada de ninguno. Desde entonces la pequeña iglesia se conservó como monumento pero fue sustituida por la nueva parroquia para efectos del culto. Le dije también que curiosamente ese día se cumplía un año más de aquel acontecimiento. La información pareció afectarle y lo vi palidecer. Me dio un billete de cien pesos y me dijo que me fuera, que él regresaría solo al hotel. Me retiraba dejándolo en la iglesia vacía, pero mi curiosidad pudo más y me oculté tras un confesionario. El profesor permaneció por un rato como clavado en donde estaba. Luego avanzó lentamente y desapareció en las escaleras tras el altar para aparecer de nuevo entrando al baldaquín. Se irguió y permaneció inmóvil por algunos segundos convertido en una imagen singular. Consultó su reloj. Un instante después, simplemente se esfumó dejando en el lugar un tenue vapor que rápidamente se disipó.
No quise llegar al hotel hasta el día siguiente. ¿Cómo explicar lo sucedido? Nadie me iba a creer. El 4x4 estaba ahí, estacionado donde siempre. Traté de guardar compostura y entré preguntando por el profesor. No le habían visto. No había bajado a desayunar y ya eran las nueve de la mañana. El encargado, poniendo cara de extrañeza me dijo que tampoco había llegado a dormir. La llave estaba colgada en su lugar. Decidimos subir a su habitación. Abrimos la puerta con cierto recelo. El cuarto estaba vacío y nadie había dormido en el lecho.Sus efectos personales se encontraban en orden. Finalmente, a eso de las ocho de la noche, al ver que el profesor no regresaba, el encargado decidió llamar a la policía. Al poco rato, una patrulla con sirena y luces se detuvo frente al hotel haciendo gala de protagonismo. Dos uniformados bajaron y empezaron las pesquisas. En el registro encontraron las señas del profesor. Se apellidaba Alavés y firmó como turista. En la habitación estaba su pasaporte lleno de sellos de muchas partes del mundo. Pronto, el alboroto policíaco había reunido un buen número de curiosos a la entrada del hotel. Un anciano se abrió paso entre la gente. Era de aquellos hombres que nunca emigraron y cuyas raíces en el pueblo eran de todos conocidas. Los policías le dejaron hacer. Llegó hasta el mostrador, contempló los papeles, tomó entre sus manos temblorosas el pasaporte, abrió los ojos desmesuradamente y exclamó:
-¡El padre Manuel!
-¿Usted lo conoce? -preguntó uno de los agentes.
-¡Sí, claro! ¡El padre Manuel Alavés me dio la primera comunión aquí, en San Francisco... hace... setenta y tres años!- dijo y tuvo que ser sostenido por los demás para no desplomarse cuando las piernas se le doblaron.
La policía incautó el 4x4. Guardaron los papeles en un archivo y no se habló más del asunto.