miércoles, 29 de enero de 2014

POLILLAS

Envuelto en las volutas de algún pentagrama y mirando a través del cristal de añejas uvas, invento situaciones; usurpo papeles estelares de héroe y descubridor de mundos: planetas taladrados por polillas sabias que han dejado nada más, la esencia de las cosas.

martes, 21 de enero de 2014

CICLOS

Camino con rumbo indefinido, pisando con firmeza las piedras solitarias. Escucho mis pasos con cadencia de gotera, que me llevan directo hacia ninguna parte. Me alcanzo y emparejo el paso. Piso sobre las mismas huellas y me hago compañía. Conozco ese camino. Lo he recorrido muchas veces y, siempre sin falta, me vuelvo a encontrar conmigo en el mismo paraje, bajo la sombra del mismo árbol, sobre las mismas huellas en aquel sendero, pisando con firmeza las piedras solitarias.

lunes, 13 de enero de 2014

MISIÓN

Al día siguiente de haberse enrolado, empezaron las operaciones. Cuando recibió su uniforme y equipo, el jefe se le quedó mirando. Medía un metro ochenta y cinco de escuálida estatura. Fue nombrado abanderado. Se imaginó firme y gallardo en su puesto, a la vanguardia de la brigada, empuñando la bandera y ondeándola de lado a lado. Se le dijo que él estaría al frente de los hombres, dándole la cara al peligro. Se sintió heroico y realizado. Era un puesto de responsabilidad. Bastaría que lo vieran con la bandera para darse cuenta de que ahí había gente que estaba jugándose la vida. Le entregaron también un equipo de radiocomunicación para modificar las posiciones según el desarrollo de las maniobras. Estaría con la bandera en alto, cien metros por delante de los hombres, para garantizar que todos los vehículos que transitaran por la carretera, disminuyeran la velocidad antes de entrar en la zona de reparaciones.

martes, 7 de enero de 2014

EL ROCKY

Llegó una vez al medio día. Estaba echado en el pasto de la banqueta cuando llegué a comer. No sabría decir si era blanco con café o café con blanco. De raza indefinida, lleno de dignidad, tenía la nobleza de su especie. Nunca hizo payasadas. Era un perro serio hasta cuando movía la cola. Su mirada reflejaba experiencia y autoconfianza. Nada lo asustaba. Sabía que era simpático por naturaleza y nunca se esforzó por agradar a nadie. Quizá su mejor carta era su estatura. Era chaparrito, chaparrito. Fuerte y bien formado, sus breves patas parecían prestadas de otro perro.
    Al día siguiente, mi esposa le dio de comer pues amaneció en el quicio de la puerta interior. La reja no lo detuvo. De inmediato evidenció su carácter autónomo, pues en tres días de exploración declaró como suya toda la calle. Se autonombró guardián y reconocía a todos los vecinos, sobre todo a los que también le daban de comer. Sus ladridos se escuchaban cuando alguien desconocido pasaba o se detenía frente a alguna de las rejas. Era el comité de recepción al llegar a casa y de su garganta salían gemidos de emoción. Mis hijos decidieron que tenía cara de Rocky. Pronto respondió a su nombre y por derecho propio fue declarado el perro de la cuadra.
    Un día, mi esposa decidió bañarlo y preparó todo en el prado de la entrada. Pensábamos que iba a ser una bronca. Lo agarré y sin decirle nada, lo deposité despacio dentro de la tina. El agua lo fue mojando y el shampoo empezó su trabajo. Lo increíble: no se movió. Vino el enjuague y fuera de la tina la toalla lo secó. Se veía bonito. Sus colores se avivaron y parecía que estaba estrenando pelo. Lo solté. Se sacudió con energía, estornudó y salió disparado a través de la reja. Cruzó la calle y se metió en el terreno baldío de enfrente donde en un montón de tierra terminó su proceso de secado revolcándose a placer. Bueno, al menos ya no tenía pulgas.

    Cierto sábado fuimos a visitar a mis padres que vivían varias calles arriba. Decidimos ir caminando y ¿quién creen que fue con nosotros? Pues sí, el Rocky. Llegamos a la casa y sin más, declaró a mis viejos como su propiedad. Se echó en el jardincillo de la entrada y ahí se quedó dormitando. Les platicamos la breve historia del Rocky y llegó la hora de irnos. El Rocky nos miró impasible. Lo llamamos y nos ignoró olímpicamente. Así como llegó con nosotros, se quedó a vivir en la calle de mis padres y también se adueñó de ella y de los vecinos. Los de la casa de junto, señores mayores de origen norteamericano, se encariñaron con él y él se encariñó con ellos. Debe haber tenido unos cinco o seis años, cuando los ancianos gringos partieron no sé a dónde. Se fue con ellos. Llevaba una placa con su nombre colgando del collar.