No llevaba ni dos minutos sentado en el sofá, próximo a la ventana cuya luz me permitía leer cómodamente, cuando efectuó su primera pasada rozando mi cabeza. Cruzó veloz y decidido. Me hizo alzar los ojos, suspender mi lectura y recordar los Stukas alemanes con sus bombardeos en picada. A juzgar por el zumbido, debía ser enorme, por lo menos unos noventa miligramos de fuerza bruta. Se hizo el silencio y dejé de buscarlo pero no bien hube reanudado mi lectura cuando una nueva pasada, ahora en sentido opuesto, me hizo sentir el viento que producían sus potentes alas. Vinieron a mi mente las misiones de ametrallamiento de convoyes donde los Thunderbolt aliados acribillaban a los vehículos alemanes a lo largo de los caminos. El silencio recuperó su presencia y yo busqué infructuosamente con la vista. Nada. Mis ojos recorrían de nuevo los renglones cuando frente a mí, por encima del libro, un pequeño punto aumentó su tamaño rápidamente y pasó en vuelo rasante por sobre mi cabeza. Les juro que pude ver sus ojos grandes, oscuros y de mirada fría. Con una pericia increíble se elevó antes de estrellarse contra el muro. Era un verdadero As. No pude concentrarme más y fingí leer para ver qué hacía. Después de todo, no dejaba de ser un espectáculo y su comportamiento se había convertido en un reto y yo, fiel a mi tradición, lo había aceptado de inmediato. Por algunos largos segundos no dio señal de vida. De pronto, un escalofrío descendente recorrió cada una de mis vértebras y se me erizaron los pelos de la nuca. Me sentía observado. Lentamente pero con decisión giré el cuerpo hacia la pared y no bien lo ubiqué con la mirada, se desprendió del muro y se lanzó directo a mi entrecejo (recordé aquello de "just between the eyes"). Con reflejos dignos del gato de mi vecina logré esquivar su acometida y casi pude escuchar sus carcajadas mientras se alejaba rumbo al comedor donde, escondido, guardó silencio. Nuevamente fingí ignorarlo y metí los ojos en el libro. Pronto escuché el zumbido que se aproximaba y alzando los ojos lo vi venir de frente, volando despacio. No me iba a impresionar. Permanecí quieto y maravillado por su temeridad. Me estaba demostrando que no me tenía miedo. Llegó a cuarenta centímetros de mi cara y quedó suspendido en el aire como un helicóptero por encima del libro abierto y entonces como un auténtico suicida ¡se posó en medio! Nada hubiera sido más fácil que cerrarlo de golpe y quedaría aplastado, pero empezó a posar, primero de perfil derecho, luego izquierdo y el colmo: ¡me dio la espalda! Nunca olvidaré su traje aterciopelado de franjas negras y amarillas. Finalmente se colocó de frente, agitó sus alas en tres breves ráfagas, se elevó suavemente y se alejó zumbando hacia el jardín de donde había venido. Moraleja: No le tengas miedo a un libro abierto.
