
Estoy en esa situación de duermevela cuasionírica o estado alterado de conciencia llamado comúnmente "hasta atrás", causado por la ingestión desmedida, es decir, no autorizada ni controlada por algún buen médico, de una cantidad de analgésicos, antitérmicos, mucolíticos, expectorantes, antitusivos, descongestivos y cuanto hay, desde luego junto con toda clase de tesitos, cocimientos y tisanas de la ubérrima herbolaria mexicana. Mi corazón se siente agradecido por las atenciones de los amigos, vecinos, compadres y compañeros que, todos con la mejor intención, han aportado su benevolente consejo para sacarme de mi estado mórbido lo antes posible. Eso sí, han logrado que me importe un cuerno cómo me siento pues en mi nebuloso cerebro todo gira en veloces órbitas elípticas y circulares que cambian de dirección cuando muevo la cabeza. Si cierro los ojos, el abdomen se me frunce y siento que me precipito en un profundo vacío que no deja de ser emocionante. Cuando los abro, mi cuarto me sorprende con habilidades dignas del más avanzado simulador de vuelo en programa de "mayday". En fin, "mi espíritu se llena de gozo al contemplar la bondad" de todos mis allegados. De nada me ha servido mencionar discretamente, cada vez que puedo, aquel sabio aforismo que dice: "La gripe se quita, con tratamiento, en siete días. Sin tratamiento, en una semana". ¡Ni modo!