Era temprano aquel lunes luminoso de Mayo. Un día diseñado como por encargo. En mi mente, el agua verdosa del lago se tornaba azul cuando reflejaba el cielo y adquiría dimensiones infinitas. Tan grandes que no se veía la costa y se podía percibir la curva del horizonte. Irresistible, el olor del agua llenaba mi nariz y podía escuchar su salpicar en el casco de la embarcación. Fijaba mi rumbo, me relajaba y empezaba a remar lentamente para salir del embarcadero rumbo al túnel que llevaba a las aguas abiertas, libres, espaciosas. Una vez ahí y con los brazos ya calientes, empezaba la diversión y la verdadera boga. Compitiendo contra contendientes invisibles, la canoa de doble proa hendía como un cuchillo el espejo del agua y borroneaba el reflejo de la orilla. Parecía volar. A medio camino, cambiaba de la potente boga simultánea a una alternada que me permitía mantener la velocidad con menor esfuerzo. La estela que dejaba confirmaba que iba rápido. Más rápido que nadie. Repetía esto una y otra vez de ida y vuelta hasta que sólo me quedaban cinco minutos para regresar al embarcadero. El tranvía se detuvo. Bajé de él y frente a mí se veía la fachada de la escuela. Tendría que ahorrar por otra semana para poder pagar el alquiler de mi canoa favorita. Quizá el próximo lunes. Chapultepec. El mejor lugar para una buena pinta.
