
Finalmente logramos acorralar a la banda. El jefe de los ladrones se parapetó tras el tronco de un enorme fresno, desde donde disparaba sin cesar. Por fortuna su puntería no era buena y no había bajas entre los nuestros. Tratamos de rodearlo pero nos descubría. Sus secuaces nos disparaban desde los alrededores impidiendo acercarnos al fresno. La balacera era impresionante. Ese día fue memorable porque nunca antes los habíamos podido acorralar; no había lugares donde pudieran esconderse y teníamos toda el área controlada. Estaban copados y yo, como capitán de la policía, les grité que se rindieran, que era inútil toda resistencia y que salieran con las manos en alto. Hubo unos segundos de silencio y cuando menos lo esperábamos, sonó la campana y terminó el recreo.