
La habitación era muy oscura. A través de los vitrales de la ventana se filtraba un poco de luz; era luna llena y parecía ser de madrugada. Despertaba de un sueño inquieto. Me incorporé en la cama tratando de ajustar mis ojos a la penumbra del cuarto del que apenas percibía los muros. Se apreciaba un gran ropero con lunas, una cómoda y una mesa adosada a la pared donde reposaba un aguamanil blanquecino. Me di cuenta de que me encontraba en algún hostal medieval, más que nada por la forma de la ventana y los colores del vitral, pero ¿Qué estaba haciendo ahí? Lo último que recordaba era... ¿Qué era? No recordaba nada. Decidí esperar a que amaneciera.
Las horas pasaron y la aurora se colaba poco a poco en la habitación. Pude ver una gran mesa. Me levanté y me lavé la cara en el aguamanil. Busqué mis ropas y no las encontré. Tampoco mi teléfono celular ni mi reloj. En el ropero hallé ropa limpia más o menos de mi talla. Al terminar de vestirme me miré al espejo y no pude evitar reírme. Parecía personaje de opereta.
En ese momento tocaron a la puerta. La abrí para encontrarme no con el botones que yo esperaba me explicara dónde estaba y tal vez la razón de mi presencia allí, sino con tres caballeros con atuendos parecidos al mío. Descubriéndose se presentaron hablando en perfecto portugués, lengua que en mi vida pensé dominar pero que ahora entendía perfectamente. Los hice pasar y tomamos asiento alrededor de la mesa. El que dijo llamarse Gil Eanes desplegó unos portulanos y me explicó una teoría para navegar hacia las Indias rodeando el continente africano, que se suponía abierto por el Sur. Hasta la fecha no se había intentado navegar más allá de las islas Canarias. Pero él y otros osados navegantes, sin perder de vista las costas africanas, habían superado el Cabo del Miedo (Cabo Bojador) y sacado provecho de la Corriente de las Canarias que fluye bordeando la costa hacia el Sur, para llegar a lo que en ese entonces se llamaba Guinea pero, y aquí venía el pero, para regresar por el mismo rumbo se encontraban con la corriente en sentido opuesto, haciendo de la empresa algo muy difícil y por el tiempo requerido, incosteable. Deseaban apelar a mis conocimientos para trazar una nueva ruta de regreso hasta Lisboa. Don Gil Eanes había ideado una forma de evitar la Corriente de las Canarias. Consistía en zarpar del Golfo de Guinea hacia el Oeste siguiendo la línea ecuatorial y después arrumbar al Norte describiendo un gran arco; pasar por el Oeste de las Canarias para evitar la corriente y regresar a Portugal.
Todo estaba muy bien en teoría, sólo que la mayor parte del viaje pasaría sin ver tierra en el Atlántico abierto. El terrible Mar Tenebroso donde monstruos marinos y toda clase de tormentas se encargaban de hacer naufragar a los que osaban invadir sus aguas. Sin embargo, para ser marino, Don Gil era más pragmático que supersticioso y apoyándose en imprecisos relojes de arena (ampolletas); primitivas crucetas hechas de madera y la imprescindible brújula, creía poder establecer una nueva ruta comercial entre Portugal y las costas de África para empezar, y de ahí darle la vuelta al continente para llegar a las Indias. Sólo había un pequeño problema y ahí era donde entraba yo. No sé cómo pero averiguaron que yo era un experto en el diseño de embarcaciones y me rogaron que les desarrollara un navío de regular tamaño, de gran capacidad de carga y con un casco que le permitiera navegar a buena velocidad y capear al mismo tiempo las violentas olas del Atlántico. El proyecto requería un diseño nuevo de los aparejos, velas, jarcias, mástiles y timón, pues la nave debía ser muy maniobrable con vientos de través. En otras palabras, tenía que ser una embarcación muy marinera. Discutimos un buen rato sobre la conveniencia de combinar velas cuadradas con latinas y la necesidad de una arboladura con tres mástiles y bauprés para aprovechar los vientos al máximo. ¡Estábamos inventando la carabela!... El rugido estruendoso de un tractocamión me despertó sobresaltado en ese momento pues me quedé dormido en el auto a un lado de la carretera, cansado, extraviado y con el GPS en la mano, tratando de encontrar el camino de regreso a casa.