
Sólo lo había visto una vez pero se le había quedado en la memoria. Todas las señas y cada detalle. Ahora había llegado el momento. Estaba segura de que en esa esquina solitaria tendría lugar el esperado encuentro. Tenía la certeza de que, en cuanto lo viera, lo identificaría plenamente. Sin embargo, su amor propio le dictaba que debía esperarlo cuando mucho media hora. Más tiempo sería inadecuado para toda mujer que se respetara aunque estaba consciente de que tal vez sería su última oportunidad. Se hacía de noche y el alumbrado público se encendió. Durante un buen rato se entretuvo mirando pasar a otros pero ninguno era el esperado; aquel que identificaría al primer golpe de vista; el que la llevaría a donde ningún otro podría hacerlo. Se miró a sí misma abordándolo en la calle sin temor alguno como si le conociera de siempre. Pasó la media hora y no lo vio llegar. Perdida toda esperanza, se sintió tonta y defraudada. Detuvo un taxi y se dirigió a su casa. El chofer del auto, un hombre de edad, le inspiró confianza y decidió preguntarle. Perdone señor ¿Qué ya no pasan por aquí los microbuses de la ruta 72?