
¡En la mar brava se miden los marinos! Gritaba a mis hombres con voz atronadora cuando veía que flaqueaban golpeados por la tempestad. Pero nuestros esfuerzos fueron inútiles y el navío fue a encallar destrozado en las costas de una isla desconocida, donde al cabo de varios días de angustia, un bajel pirata se condolió de nosotros y nos rescató con la condición de pasar a integrar la feroz tripulación. Yo era marino mercante y no pirata pero mi gratitud hacia el capitán Hawkins, que tal era su nombre, me hizo adaptarme en lo posible a mi nueva situación, sin imaginar siquiera lo que me esperaba.
A bordo, la comida era infame cuando la había. A la carne de cerdo ahumada había que quitarle los gusanos así como el moho a las galletas para poder comerlas. El agua potable en los toneles olía mal, la provisión de cocos de agua se había terminado y más pronto que ya, se me declaró un tremendo dolor de estómago. Traté de sobreponerme y aguantar pero me fue imposible y en una de ésas tuve que levantarme de inmediato y correr a la letrina. La violencia del ataque hizo que me despertara, cerrara la puerta del baño y volviera el estómago con gran alivio. Cenar tacos de carnitas, nana, buche y de cueritos, es un banquete de pronóstico reservado.