martes, 8 de febrero de 2011

ADIVINO


El hotelito donde yo paraba se encuentra todavía en la Ave. Álvaro Obregón, donde hasta hace cincuenta o sesenta años, paseaban jinetes y amazonas a lo largo de su camellón bordeado de fresnos. Esa avenida de la colonia Roma en el D.F. tuvo en ese entonces su momento de glamour. Ahora, aunque sigue siendo hermosa, ya vive de sus añejas glorias. Ahí se encontraba el cine Balmori, donde conocí el amor en alguna matinée cuando tenía once años... Bueno, ¡Basta de nostalgia!
Por razones de trabajo volví al D.F. en los noventas y me hospedé en ese hotel, cómodo, limpio, con garage y estratégicamente ubicado para mis actividades. Por las noches salía a cenar por los alrededores, que hay lugares para todo gusto. Cierta ocasión me dirigía a un buen restaurante argentino, ya saben, churrascos, bifes, salsa chimichurry, y pasé por un puesto de antojitos en la vía pública. Con los jugos gástricos a todo galope, el olfato me indicó que la vía corta para satisfacer mi apetito estaba ahí. Una breve ojeada al comal y ya estaba sentándome en un banquito a la mesa colectiva que en esos momentos estaba vacía. Pedí algo que ya no recuerdo y el señor que despachaba, hombre bastante mayor que yo, se puso diligente a prepararlo. Unos minutos después me lo servía. Casi de inmediato me dijo - y... ¿ cómo ha estado, señor García? - me tomó por sorpresa su saludo pues yo no tenía idea de quién era él. Le pregunté cómo sabía mi nombre y, poniendo cara de consecuencias me contestó. - Se sorprendería de todo lo que sé de usted. - ¿Sí? ¿Es usted adivino? - Algo así. - repuso y abundó. - Sé que aunque nació aquí, ahora vive en Puebla. - ¿Cómo lo sabe? - Pregunté sorprendido. - Oh, pues ya ve, uno que tiene información. - No, no, ya en serio. ¿Cómo lo sabe? - cuestioné nuevamente - ¿De dónde me conoce? - Le voy a dar otro dato - añadió - usted trabaja en la planta Volkswagen. - Si ya me tenía en ascuas, esa afirmación me dejó anonadado, tanto que dejé de masticar. El hombre empezó a reír y de pronto, se hizo algo de luz en mi cerebro pero antes de que la idea tomara forma, me confesó que había participado en algunos de los seminarios de ventas de automóviles que yo impartía para la empresa y por eso me recordaba. Estaba retirado ya y se entretenía por las noches en su puesto de antojitos.
Bueno, pues ahí tienen. Fue la única vez que sentí que la adivinación pudiera ser real y confieso que estuve a punto de creerlo.