martes, 9 de agosto de 2011

LA NAVE

     Tenía la forma de un gran pez cubierto todo de escamas metálicas que brillaban a la luz de la luna. Se desplazaba en absoluto silencio por debajo de las nubes contrastando su imagen. No parecía querer ocultarse a la vista desde tierra. Es más, daba la impresión de que quería ser visto, de otro modo iría por encima de las nubes. Lenta y majestuosamente giró en mi dirección. Yo estaba clavado en el suelo desde que lo vi y no sé si no podía o no quería moverme, absorto como estaba ante tan insólito espectáculo.
Soy escéptico por naturaleza y mi cerebro trabajaba en innumerables posibilidades, analogías y premisas y las fue desechando una por una. Aquélla máquina, porque tenía que serlo, era algo tan fuera de los parámetros tecnológicos de cualquier aparato hecho por el hombre que lo más parecido habría sido un dirigible, pero cuando empezó a virar hacia donde yo estaba pude observar cómo se curvaba todo su fuselaje. El enorme aparato, calculé que por lo menos medía cincuenta metros de largo y tal vez unos quince de diámetro, ¡Tenía aletas! ¡Sí, exactamente como un pez! Sin embargo, para avanzar no movía la enorme cola sino que simplemente se desplazaba en silencio. Tanto las aletas como la cola parecían hechas de plástico translúcido y permanecían inmóviles. Conforme se fue acercando pude percibir más detalles. Obviamente ¡Tenía ojos! Sí, pero no eran ojos en realidad pues dentro de ellos se podía observar una tenue luz verdosa y alcancé a ver movimientos en su interior. Eran ventanas. Estuve a punto de gritar y echar a correr pero no me fue posible. Lo único que pude hacer fue ponerme en cuclillas, no tanto por quererlo sino porque se me doblaron las rodillas. Aquel "pez" se inclinó y descendió hasta quedar frente a mí a unos cuantos pasos; luego se detuvo flotando a un metro sobre el suelo y lentamente ¡Abrió la boca! Un olor nauseabundo parecido al del pescado podrido emergió del interior. Luego, dos seres humanoides que en lugar de manos tenían una especie de tenazas de cangrejo salieron de ahí y con gran eficiencia me alzaron en vilo y me introdujeron en la máquina hasta un lugar parecido a un quirófano iluminado con esa misma luz verdosa que parecía venir de todas partes. Me acostaron en una plancha y la luz cambió a un tono azulado. Quise moverme pero no pude. Estaba a su merced completamente paralizado. Fue cuando un brazo robótico que portaba una tremenda aguja hipodérmica descendió del techo y clavó sin misericordia la aguja en mi abdomen. El dolor fue tan fuerte que me despertó y corrí veloz al baño a vomitar el huachinango al mojo de ajo que me había despachado en la comida.