miércoles, 26 de diciembre de 2012

HAZAÑA

Era el más fuerte de la familia. Esa noche, la vida lo puso a prueba y se vio obligado a demostrar sus capacidades. A mano limpia, debía eliminar el obstáculo que evitaba que sus allegados disfrutaran las cosas buenas de la vida. Durante un buen rato se contorsionó como un desesperado. Sus poderosas manos ejercían la fuerza necesaria para lograr esa misión. Sin embargo, el destino parecía oponerse a sus esfuerzos. Por su mente pasaban los más preclaros ejemplos de la pujanza humana: los doce trabajos de Hércules; las proezas de Sansón; la fortaleza de Atlas. Él no podía ser menos. Siguió luchando por un buen rato para remover el escollo. Su rostro había enrojecido y ya sudaba. Las manos le ardían pero persistió en su empeño, tenaz, decidido, heroico. En un último esfuerzo echó su resto, y profiriendo una exclamación de triunfo sólo equiparable con un grito de karate, botó el tapón de la botella de sidra.

martes, 18 de diciembre de 2012

MISIÓN

Se ofreció como voluntario para ese delicado trabajo. Debía presentarse antes de la hora pico en un conocido centro comercial donde la seguridad era primordial. Se esperaba una gran afluencia de público con un factor de riesgo más elevado que de costumbre: la presencia de una gran cantidad de niños debido a las ventas navideñas. No le resultó difícil comprometerse con esa misión pues estaba convencido de que nadie cumpliría ese cometido mejor que él. Sólo esperaba que nada le fuera a fallar.
     Era un tipo corpulento, de aspecto imponente. Sus compañeros del departamento de policía no hacían buenas migas con él debido a esa imagen. Esa tarde, sin embargo, era especial y requeriría de sus mejores recursos y habilidades. Tendría que trabajar solo. No podía esperar apoyo alguno y además, debía hacerlo encubierto.
     Oculto en el vestidor de una tienda, revisó su equipo y antes de salir se miró en el espejo. Todo bien. Llenó sus pulmones, exhaló, y como si fuera lo que hacía todos los días, se dirigió por los pasillos hasta el centro de la plaza. Sentía las miradas de todos puestas en él. Encontró el sitio donde debía ubicar su posición. Como lo esperaba, el lugar estaba repleto de niños. Llegó, tomó asiento, carraspeó un poco para limpiar su garganta y exclamó:
     -¡Ho, ho, ho! ¡Merry Christmas!

martes, 11 de diciembre de 2012

EL MEJOR OLVIDO DEL HOMBRE

Desconozco qué tan arraigada esté la costumbre de poner el famoso "Nacimiento"  en la temporada navideña, por la feroz competencia del Árbol de Navidad. No sé si lo del portal siga teniendo arrastre popular o esté perdiendo ese nicho de mercado; tal vez estén compartiéndolo o qué sé yo. Sin embargo, en los tiempos actuales, hay algo que hubiera sido fantástico como promocional para los cristianos y sus tradiciones. Me explico: si observamos el cuadro después del 25 de diciembre y antes de la epifanía, podremos ver un lugar más o menos acogedor, tanto como puede ser un establo y un pesebre. Veremos también a José y a María en actitud contemplativa de una criaturita yacente a la que le pondrían por nombre Jesús. Alrededor de ellos, un grupo de pastores se aglomera para contemplar aquel prodigio. A sus espaldas, los ángeles hacen guardia. Luego, ¡atención! Dos representantes de otros órdenes de mamíferos ubicados en primera fila, con los jarretes doblados en actitud de sumisión, roban cámara (o deberían) debido a su volumen: una mula y un buey. Me asaltan las dudas y mi mente analítica se estruja tratando de entender por qué escogieron a un animal híbrido y a un castrado para esa escenografía. La única respuesta que me llega es que lo hicieron para que dicha escena jamás se repitiera, ni por herencia.
     Hasta aquí todo bien. Se entiende que en la edad de bronce, el que no era pastor era desempleado o se dedicaba a la política que, como es costumbre, siempre ha sido río revuelto. Claro que había pescadores. Tenía que haberlos con el Tiberíades a la vuelta del camino y desde luego que también había sacerdotes, una casta privilegiada con la que los romanos enjuagaban las dificultades de los inquietos hijos de Israel. Pero me estoy saliendo del tema. Los pastores veían con familiaridad la presencia de la mula y del buey. Los extraños en ese lugar eran los humanos. Y aquí viene mi genial aportación para un cambio, muy ligero, en dicha escenografía. Retomando a los pastores, no me parece recordar pasaje alguno en la Biblia donde se cite a un animal que ha acompañado al hombre y sus rebaños desde que esa actividad se estableció como una de las más socorridas. Mis agudos lectores ya saben a quién me estoy refiriendo. Imaginen ahora que en todos los nacimientos pudiéramos contemplar parado, sentado, echado, olfateando, ladrando o dormido a los pies del pesebre, a un ejemplar del fiel y trabajador perro pastor. No importaría la raza. La sociedad canófila no existía en esa era. Creo que nuestros hábiles artesanos harían verdaderas obras de arte en ese asunto. Subirían los bonos de los nacimientos y, lo mejor de todo, estaríamos creando una tradición que como todas, sólo es cuestión de echarla a andar. Desde hoy, a todos los nacimientos les hace falta un perro. Sería bonito ¿no?

miércoles, 5 de diciembre de 2012

EL TRICICLO ROJO

Recuerdo que me hizo un niño feliz durante tres años. Era todo de metal, con asiento, tijera y salpicadera rojos; ruedas de rayos pintados de blanco, llantas de hule macizo y con un escudo en el eje del manubrio que decía MERCURY. No era un triciclo grande pero tampoco era muy pequeño. Tenía la ventaja de ser más ligero y maniobrable que el impresionante velocípedo de Nacho, mi vecino: llantas anchas, enorme manubrio, asiento forrado y grandes pedales. Competíamos con frecuencia en el patio de mosaico convertido en el óvalo de Indianápolis. Cuando en la recta me iba alcanzando, en la curva lo dejaba atrás. Me encantaba tomar esa curva en dos ruedas, para ponerle emoción al asunto. Una vez Nacho lo intentó y pagó con raspones su osadía. No recuerdo que me haya ganado alguna vez.
     Llegó la Navidad y con ella la ilusión de nuevos juguetes. Yo pedí un Meccano del número 2, un planeador de liga y un coche de carreras de cuerda. La emoción de abrir los regalos me hizo madrugar ese día. Al pie del árbol adornado, junto al Nacimiento, se veían varias cajas esperando ansiosas ser abiertas. Separé las que tenían mi nombre.  Eran tres. Mientras el sol trataba de ingresar por la ventana, abrí la primera. No era un Meccano del número 2. Era algo parecido pero mucho más grande. Todas las piezas eran de aluminio anodizado en varios colores. Era francés y se llamaba Mignón. Algo fabuloso. Contaba con un motor de cuerda muy potente y juegos de engranes de varios tipos que me permitieron darle vuelo por varios años a mi espíritu inventivo. Luego abrí la caja de un planeador padrísimo, con alas de doble diedro, de un metro de envergadura. ¡Guau! No veía la hora de volarlo. Después, en una cajita de cartón, encontré el coche de carreras. Era un Mercedes plateado bellísimo. Le di cuerda y comprobé la velocidad de sus ruedas. ¡Impresionante! Entonces fue cuando lo vi. Creo que en realidad ya lo había visto desde el principio pero la penumbra no me había permitido mirarlo con claridad. Sin embargo, algo no estaba bien. Tenía algo raro. Me le acerqué despacio, casi con temor. Un ligero tufo a solvente me llegó a la nariz. Un instante después mis temores se confirmaron. ¡Mi triciclo había sido pintado! ¡Sí! Todo lo que antes era rojo y lleno de vida, era ahora de un azul apagado y desabrido. ¡Habían cambiado su esencia! ¡Su personalidad! ¡Le habían partido la cara a mi triciclo!
     De nada sirvieron los argumentos de mis padres. Yo estaba furioso. Los demás regalos no alcanzaban a cubrir con su alegría la triste pérdida del triciclo más veloz del mundo. Era imposible que un triciclo azul corriera más rápido que uno rojo y nadie me iba a quitar esa idea de la cabeza. Jamás volví a subirme a él y el recuerdo de cuando era rojo me alcanza todavía porque se llevó con él una Navidad y un pedazo de mi infancia.