
Había estado perdido en aquel enorme castillo por más de una hora sin hallar escaleras o salidas; los varios patios que había descubierto eran idénticos entre sí, lo que lo había confundido aún más; la gran mole de piedra parecía ser de un solo piso y todas las habitaciones tenían puertas pero no existía ventana alguna. Como había entrado bastante tarde, ya casi era de noche y el crepúsculo quemaba sus últimas luces. Al fin, al extremo de un corredor, pudo ver aquel tenue resplandor. Lleno de alegría, echó a correr hacia esa salida. Triunfante, sintió en el rostro el aire fresco del ocaso antes de darse cuenta de que el piso bajo sus pies había dejado de existir.