martes, 12 de marzo de 2013

LA CABAÑA

Me preguntaba hasta dónde podría llegar mi escepticismo; mi necesidad de pruebas, mi terquedad por lo tangible, pero no podía evitar seguir considerando la comodidad del pensamiento mágico, con sus explicaciones fáciles, sus misteriosas hipótesis, su desbordante fantasía. Esa sempiterna lucha entre la razón y cualquiera otra posibilidad de analizar los hechos. No imaginé que esa dispareja contienda iba a poner en duda mi cordura, cuando tuve que enfrentarme con una diferente realidad. Sucedió hace algunos años. Mi trabajo en el hospital había sido duro, pesado y decidí tomarme unos días de descanso. Soy un cirujano exitoso y ya merecía esas vacaciones.
    Llegué a la montaña conduciendo la camioneta en una noche de invierno. El bosque filtraba un vientecillo helado que calaba hasta la médula de los huesos. Mi  cabaña de troncos, pese a ser acogedora, se sentía fría. El lugar era una de las recompensas que había logrado alcanzar con el trabajo. Me fascina la naturaleza y  ese claro en el bosque de abetos era un oasis para el descanso de una actividad absorbente. Entré, encendí la linterna de petróleo, puse mis maletas a los pies de la cama, encendí los leños que siempre dejaba listos en la chimenea y me dispuse a preparar algo ligero para cenar. Poco después, las sábanas me recibieron con su gélido abrazo. Tardé unos minutos en entrar en calor. El silencio del bosque era tal que hubiera podido escuchar el más leve susurro. Apagué la linterna y me quedé dormido. 

    El inconfundible sonido de algo golpeando la puerta me despertó sobresaltado. Miré mi reloj. Las dos de la madrugada. Una nueva tanda de toquidos me hizo levantar. A tientas me dirigí a la puerta y pregunté qué deseaban.
    -¡Ayúdeme por favor! -clamó una voz aguda en el exterior- ¡Mi esposa está herida!
    Traté de asomarme por la ventana pero no alcancé a ver más que un tenue resplandor. Armándome de valor, abrí lentamente la puerta. Ahí, en el rellano del portal, se encontraba un hombrecito fuerte y robusto aunque no debía de medir más de un metro de estatura. Estaba enfundado en una especie de capote de color rojizo y empuñaba un bastón más largo que él, con el que seguramente había tocado la puerta. En su mano izquierda traía una vela encendida dentro de una linterna de hojalata.
    -¡Gracias, doctor! Por favor acompáñeme. Tiene que ver a mi esposa. Ha sufrido una caída y se lastimó. No puede caminar. ¡Acompáñeme! es aquí cerca.
    -¡Está bien! espéreme un momento en lo que me visto. -le contesté. Cerré la puerta, encendí la linterna y me vestí rápidamente. De pronto, me asaltó una pregunta: ¿Cómo sabe que soy médico? Por aquí nadie lo sabe. Yo nunca lo había visto. Lo recordaría.
    Salí bien abrigado y saqué de la camioneta mi inseparable maletín, una lámpara de pilas y eché a andar tras el hombrecito y su linterna. Caminamos en silencio durante unos diez minutos por una vereda que serpenteaba por entre los árboles. Con cierta inquietud le pregunté si faltaba mucho y me dijo que ya casi llegábamos. El frío aire del bosque llenaba mis pulmones y me hacía sentir animoso. El hombrecito marchaba a paso rápido y yo tenía que hacer lo mismo para no rezagarme a pesar de que él daba dos pasos por cada uno de los míos. Abruptamente, topamos con una cabaña de troncos como la mía, pero a una escala menor. Por las rendijas de un ventanuco se filtraba alguna tenue luz. Entramos y tuve que agacharme para no golpearme la cabeza. En el extremo derecho de la única habitación, se veía un pequeño bulto arropado con cobertores sobre un catre de madera. El cuadro se iluminaba dramáticamente por una vela de sebo que proyectaba sombras confusas sobre las paredes del recinto. Al fondo, unos leños ardían en la chimenea. La temperatura era agradable. El hombrecito me acercó un taburete y me indicó que me sentara. Con cuidado, retiró lentamente las cobijas y apareció la cara de una mujercita cuyo semblante era de miedo y desconfianza, pero en su mirada había una súplica evidente. Su tamaño correspondía al de una niña pero era una mujer adulta.
   -Esté usted tranquila -le dije- la voy a ayudar. ¿Qué le pasó?
    Sin decir palabra, la mujercita descubrió sus extremidades inferiores. No necesité mucho para determinar el problema. Su pierna izquierda mostraba una fractura de tibia y peroné, afortunadamente sin exposición. Él me explicó que había metido la pierna entre las raíces de un árbol y había caído. Tuvo que sacarla con gran cuidado y llevarla cargando hasta la casa. Le expliqué lo que haría y el dolor que sentiría al arreglarle los huesos. Ambos cruzaron una mirada y ella asintió con la cabeza. Mandé al hombrecito a buscar unos tejamaniles para hacer el entablillado, mientras yo acomodaba los huesos. La pequeña señora me sorprendió con su capacidad para soportar el dolor. Cerró los ojos y dejó que hiciera mi trabajo sin emitir un quejido. Con las maderas y vendajes inmovilicé la pierna. Increíblemente, la señora se quedó dormida. Le dije al hombrecito que sería conveniente llevarla al hospital más cercano para hacerle unas radiografías y que le enyesaran la pierna y me ofrecí a llevarlos al día siguiente. Estuvo de acuerdo. Me levanté y me dirigí a la salida. Insistió en acompañarme de regreso para evitar que me perdiera. Acepté con gusto. El camino de regreso fue en silencio. Ninguno de los dos habló mientras desandábamos la vereda en la oscuridad del bosque. Al poco rato pude ver la luz de mi cabaña. Llegamos y el hombrecito me dió la mano y puso en la mía una moneda.
-¡No, espere! No me debe nada. -le dije con vehemencia- pero dio media vuelta al tiempo que me decía.
-¡Gracias doctor! Nunca olvidaré su ayuda.
    Su silueta y su linterna se perdieron rápidamente en la espesura.
    Ya en mi cabaña, vi que los leños aún ardían. Coloqué unos más para el resto de la noche y me acosté nuevamente. Iba a apagar la linterna y miré mi reloj. Las dos y cinco de la madrugada. ¿¡Las dos y cinco!? ¡No puede ser! Se paró mi reloj. Detenidamente, observé como marchaba el segundero. ¿Qué estaba sucediendo? No lograba entenderlo. Cansado, el sueño me venció.

    Desperté a las nueve de la mañana. Abrí la cubierta de la ventana y el sol entró a raudales. Me levanté, me vestí y en los pies de la cama vi mi maletín con la linterna de pilas encima. Lo abrí  y noté que faltaban las vendas. Me quedé de una pieza. ¡No lo podía creer! Salí de la cabaña y me dirigí al bosque buscando la vereda. Me adentré varias decenas de metros sin encontrar rastro alguno de ella. Confundido, regresé a la cabaña y en el camino sólo estaban mis huellas marcadas claramente en la tierra humedecida. Pensé que me estaba volviendo loco. Las cosas no concordaban. Si había sido un sueño, fue tan real que hasta las vendas desaparecieron. Entonces recordé la moneda y la busqué en los bolsillos del pantalón sin hallarla. Luego busqué en la chamarra. En la bolsa derecha...la sentí. Ahí estaba. Lentamente la saqué y abrí la mano ante mis ojos. ¡Era una moneda de oro! Un doblón español del siglo XVII según supe después. No le he contado esto a nadie, y si alguna vez vuelvo a poner en entredicho mi cordura, aún conservo la moneda.