martes, 27 de abril de 2010

CAFÉ


El golpe fue tremendo. Su cuerpo quedó inerte sobre el pavimento y la gente se aglomeró de inmediato. Hacía menos de dos minutos que ella había salido del café y empezaba a cruzar la calle. Cuando los socorristas llegaron, las lágrimas que corrían por sus mejillas ya se habían secado. Allá, en el café, Zulema giraba entre sus dedos una taza, incrédula por no haber podido leer algún futuro.

martes, 20 de abril de 2010

LA ESPERA


La blancura del entorno sería cegadora si no fuera por la escasa luz solar que apenas permitía ver a unos tres metros alrededor. La ventisca soplaba sin piedad y el grupo hacía horas que se había desvanecido. Ese invierno había sido el más crudo que ella recordara. Sentada, continuó su paciente espera. La nieve empezó a acumularse a su alrededor, sobre todo a sus espaldas, del lado que soplaba el viento. Ella permaneció inmóvil bajo la tormenta. Su mente divagaba y los recuerdos la hacían sonreír, la hacían llorar. Sabía que él vendría. Lo seguiría esperando sin importarle el tiempo. Sin importarle la tormenta. Sin importarle nada.
La ventisca cesó varias horas después. La visibilidad fue mejorando y el viento era más tenue. Avanzando contra éste, una silueta apenas discernible se le fue aproximando lentamente, paso a paso, como si dudara en acercarse. Finalmente llegó. La miró fijamente y con un movimiento veloz cerró sus fauces en su cuello. Ella nunca sintió llegar al oso. Había fallecido a la mitad de la tormenta. Tenía ochenta y dos años.

martes, 13 de abril de 2010

LOTERÍA


Calderón (de la Barca) tenía razón... "y los sueños, sueños son". Lo cierto es que hay sueños premonitorios. Si no me lo creen, déjenme relatarles esto:
Sucedió la semana pasada. Iba yo caminando por la calle rumbo a un centro comercial cuando vi dos coches idénticos; modelo, color, tipo, etc., parados en un semáforo - qué coincidencia - me dije, y seguí caminando. Al entrar al centro comercial salía una señora con unos gemelitos, idénticos. Dentro, en una tienda, la oferta del día decía "dos por uno" - vaya, vaya - exclamé para mis adentros. En una joyería había dos vigilantes y cruzaron por delante de mí dos señoras iguales de gordas. Entré a una líbrería y compré dos volúmenes y en la zapatería adquirí un par de zapatos. De ahí me dirigí a una cafetería y pedí un americano con dos de azúcar. Cuando salí a la calle habían pasado dos horas. En la esquina me topé con dos amigos que hacía tiempo no veía. Recibí dos llamadas en mi celular y cuando llegué a casa había dos sobres en el buzón. Para abrir la puerta di dos vueltas a la llave. Entrando hay dos escalones. Esa noche me desvelé leyendo y me dormí hasta las dos de la mañana. Dormido al fin, soñé que compraba un billete de lotería terminado en dos. Bueno, la cosa es que ante tanta insistencia, al día siguiente adquirí un billete entero que obviamente terminaba en dos.
Soy un hombre afortunado. La noche del sorteo - para aquellos que no creen en los sueños esto puede ser contundente - ¡Soñé que me la sacaba!
Quienes gustan de finales concretos serán satisfechos: el premio mayor terminó en cero.

martes, 6 de abril de 2010

TESORO


Ese domingo parecía ser el día más caliente del verano. De nada le había servido estar ligero de ropa. El sol ardiente quemaba como nunca. Su casa, en aquel barrio a las orillas del pueblo sólo le proporcionaba un poco de sombra porque los muros, generalmente frescos, también estaban calientes y no soplaba la mínima brisa. Había tomado agua como náufrago pero el calor y la sed ya le resultaban insoportables. Decidió ir al centro de la población. Desgraciadamente, para hacerlo debería cruzar por el barrio de "los pelones", un grupo de ociosos malandrines de su misma edad que eran el terror del rumbo y de la escuela. La sed resultó más fuerte que el temor y se encaminó, por el lado sombreado de la calle rumbo a la tienda. Tuvo suerte. Llegó sin que ningún pelón apareciera.
El sol seguía en su apogeo cuando salió de ahí de regreso a casa con una bolsa de plástico en la mano. Una calle adelante los vio. Ahí estaban los condenados pelones. Lentamente se detuvo y caminando de espaldas llegó a la esquina que acababa de cruzar y tomó por la derecha. No sabía si lo habían visto pero por si acaso, corrió durante dos cuadras antes de doblar a la izquierda en la siguiente esquina sólo para toparse con uno de ellos. Este dio la voz de alarma con su característico silbido y un tropel de pelones apareció en la bocacalle comenzando una persecución espectacular. A pesar del calor, corrió como nunca tratando de darles el esquinazo. Las calles del pueblo se acabaron y cruzó por polvorientos terrenos baldíos y bardas de cactus dando un rodeo enorme. Sin aliento, se animó a voltear la cabeza para ver si lo seguían... Nadie... Se encaminó a su casa y llegó a ésta incrédulo de su buena suerte. Se dirigió a su cuarto y recuperado el aliento y secado el sudor, abrió la bolsa, metió la mano y sacó un palito chorreante que hacía tan sólo unos minutos, había sido una paleta helada de limón.