
GALOPANDO
En verdad no hay nada más hermoso, tonificante y placentero que sentir el viento colarse entre el pelo y ver pasar el suelo con vertiginosa rapidez cuando se rodea una manada que pretende salirse de control o cuando se persigue alguna res arisca para reintegrarla a su rebaño. Desde luego que el trabajo es duro ya que empieza al salir el sol después de una noche a la intemperie que, si bien pudo haber sido tranquila, no siempre resulta así pues los coyotes a veces parecen ponerse de acuerdo para erizarle a uno los pelos a cada rato con sus espeluznantes aullidos. Lo mismo puede decirse de los lobos, que algunas ocasiones se acercan al campamento más allá, o mejor dicho, más acá de lo recomendable. Algunos compañeros han tenido que vérselas con manadas de más de diez de ellos y sus recuerdos no son muy agradables. ¡Ah! y no podía faltar uno que otro león de montaña que se ha dejado venir desde las cumbres atraído por los mugidos de los becerros. Hay veces que no necesitan acercarse mucho para que la alarma cunda en la manada y en los que la cuidamos. Como que se oye retador el condenado cuando ruge; parece que nos dice "estos son mis dominios y el que quiera pasar por aquí tendrá que pagar tributo". A veces lo pagamos con una ternera, a veces él pierde... y paga con su vida. Es una ley inexorable que está escrita en cada tronco, en cada rama, en cada hoja y en cada brizna de hierba.
Vivir en campo abierto es la máxima recompensa por este trabajo. Los grandes espacios de la pradera donde la vista no alcanza a definir el horizonte; los valles rodeados de montañas cubiertas de árboles y los arroyos que bajan susurrantes por las cañadas como pidiendo silencio para hacerse escuchar; la suave lluvia y las violentas tempestades; el rayo y el trueno; en fin, la naturaleza hablando en el lenguaje de los elementos. Sin embargo, de todo esto hay algo que recuerdo con especial detalle. Es un pequeño valle rico en pastos, con algunos matorrales aquí y allá, rodeado por el bosque y un trío de lomas chatas por el norte. Sí, lo recuerdo muy bien. De vez en cuando paso por ahí y me pongo a galopar con alegría trayendo a mi memoria aquella verdadera libertad de que gozaba cuando hacía esto mismo sin llevar montura, bridas, herraduras y jinete.