martes, 12 de abril de 2011

EL TODOPODEROSO



- Cortemos camino por aquí Wagner,  no quiero que seamos sorprendidos por quien ya sabes.
- Señor, ¿Acaso teme que lo encontremos, o más bien que él nos encuentre?
- Mentiría si te digo que no porque algo me da mala espina. Su comportamiento dista mucho de ser normal. Jamás animal alguno se había encariñado conmigo. Caminemos a paso vivo a ver si le damos el esquinazo.
- Pues yo no lo veo por aquí. Hasta donde la niebla y la noche me permiten ver, ningún caniche nos persigue.
- No importa Wagner. Avancemos ahora con cautela que la esquina se aproxima. Podría estar agazapado por ahí esperándonos...
- ¡Dummheiten! No existe un perro con tantas habilidades, Señor.
- ¡Calla y camina! Un poco más y estaremos en casa.
Llegado que hubieron a la mansión del Doctor, éste abrió la puerta y ambos entraron en la acogedora sala y se dejaron caer sin remilgos en sendos sillones. Aún no recuperaban el aliento cuando para su sorpresa, vieron frente a ellos, sentado y con la lengua de fuera, un caniche que los observaba. Sin más trámites, en medio de una fumarola sulfurosa que invadió el aposento, apareció en su lugar la figura inconfundible de Mefistófeles.
- ¡Sheisse! - exclamó el Doctor tomado por sorpresa - ¿Lo ves Wagner o mis ojos me traicionan? ¿No que sólo era un dummer hund? He aquí "des Pudels Kern".*
- Perdón Señor. No volveré a dudar de sus atinadas percepciones - respondió un aterrorizado Wagner.
-¡Basta! Conque dummer hund, ¿No? - exclamó exaltado Mefistófeles con una voz siseante y cavernosa - No menosprecies Fausto mis recursos. Lo que pasa es que en tu caso, no voy a gastar mi pólvora en infiernitos - añadió despectivo.
- Vamos "Mefis" - le replicó el Doctor - debieras saber que tus efectos especiales no me asustan. Por mí puedes hacer malabares con tus cuernos.
- ¿De veras no me temes? - preguntó incrédulo Mefistófeles con expresión compungida ante la incrédula mirada de Wagner que temblando más que un chihuahueño no dejaba de santiguarse.
- Así es en verdad. Yo, el Doctor Heinrich Fausto sólo le temo a...
- ¿A quién, si se puede saber? - dijo Mefistófeles muy interesado y poniendo sus pupilas más rojas todavía.
- ¡A J. W. Goethe! Él es el todopoder que puede cambiar mi destino a voluntad, así como el de Wagner y aunque no lo creas - el Doctor Fausto hizo una pausa dramática y concluyó alzando la voz - ¡El tuyo también!
La sala se estremeció con un estampido y Mefistófeles desapareció dejando, como dicen los cánones, un intenso olor a azufre.

*la verdadera naturaleza del puddle.