
Los ruidos del combate dejaron de llegar a sus oídos y solo se escuchaban lejanos rumores y voces de mando. La ciudad había sido invadida después de dos años de asedio. Él había aportado sus conocimientos en la defensa pero al final todo había sido inútil. El imperio había triunfado. Casa por casa, el invasor avanzaba ya sin resistencia. Pronto las voces se acercaron a su patio. Sin embargo, él continuaba absorto en sus problemas. Sobre la gran mesa, varios planos mostraban complicados trazos y las circunferencias se mezclaban con los triángulos formando mosaicos ininteligibles; rompecabezas que sólo él comprendía se extendían bajo los compases y las escuadras. La puerta se abrió de golpe y un piquete de soldados irrumpió violentamente. El que estaba al mando le ordenó que los acompañara pero el anciano lo ignoró olímpicamente diciéndole que no molestara. La razón de la ciencia no fue escudo suficiente para detener el acero insensible del soldado. Su cuerpo quedó tendido esgrimiendo en la diestra un compás que ya no trazaría más círculos.
Yo presencié todo eso. Me llamo Heráclides y fui su amigo.



