martes, 30 de marzo de 2010

CRIMEN


Los ruidos del combate dejaron de llegar a sus oídos y solo se escuchaban lejanos rumores y voces de mando. La ciudad había sido invadida después de dos años de asedio. Él había aportado sus conocimientos en la defensa pero al final todo había sido inútil. El imperio había triunfado. Casa por casa, el invasor avanzaba ya sin resistencia. Pronto las voces se acercaron a su patio. Sin embargo, él continuaba absorto en sus problemas. Sobre la gran mesa, varios planos mostraban complicados trazos y las circunferencias se mezclaban con los triángulos formando mosaicos ininteligibles; rompecabezas que sólo él comprendía se extendían bajo los compases y las escuadras. La puerta se abrió de golpe y un piquete de soldados irrumpió violentamente. El que estaba al mando le ordenó que los acompañara pero el anciano lo ignoró olímpicamente diciéndole que no molestara. La razón de la ciencia no fue escudo suficiente para detener el acero insensible del soldado. Su cuerpo quedó tendido esgrimiendo en la diestra un compás que ya no trazaría más círculos.
Yo presencié todo eso. Me llamo Heráclides y fui su amigo.

martes, 23 de marzo de 2010

TERCERA DIMENSIÓN




Había estado perdido en aquel enorme castillo por más de una hora sin hallar escaleras o salidas; los varios patios que había descubierto eran idénticos entre sí, lo que lo había confundido aún más; la gran mole de piedra parecía ser de un solo piso y todas las habitaciones tenían puertas pero no existía ventana alguna. Como había entrado bastante tarde, ya casi era de noche y el crepúsculo quemaba sus últimas luces. Al fin, al extremo de un corredor, pudo ver aquel tenue resplandor. Lleno de alegría, echó a correr hacia esa salida. Triunfante, sintió en el rostro el aire fresco del ocaso antes de darse cuenta de que el piso bajo sus pies había dejado de existir.

martes, 16 de marzo de 2010

CIENCIA


- Es fácil, Doctor. Si el objeto en cuestión tiene una masa igual a cero, automáticamente queda fuera del alcance de las leyes de la inercia y gracias a eso podrá desplazarse a velocidades cercanas a la de la luz sin sufrir incremento alguno en su masa.
- Sí, estoy de acuerdo, pero no conozco elemento alguno que tenga masa cero.
- Ese es mi secreto, yo tengo esa sustancia y todo lo que necesito es que me preste usted un rato su acelerador de partículas en el vacío absoluto. Deseo proyectar el material de prueba al 99.999% de la velocidad de la luz, para poderlo demostrar experimentalmente.
- Está bien, se lo presto con una condición.
- Usted dirá Doctor.
- Que me diga cuál es esa sustancia antes de efectuar cualquier experimento.
- De acuerdo, se lo diré pero no lo divulgue. En esta botellita tengo dos mililitros de agua deshidratada.
-¡No!
-¡Sí!
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- ¡Ya! ¡Dejen de usar el sistema de intercomunicación para escuchar las conversaciones de los pacientes!

martes, 9 de marzo de 2010

"HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA"


La falta de oxígeno dificultaba la respiración y se percibía un fuerte olor a combustible que se filtraba por alguna fisura en el fuselaje. La nave era muy vieja. Se desplazaba a gran velocidad y las sacudidas y vibraciones amenazaban con desintegrarla.
Esa mañana, durante un abordaje lleno de suspenso, no me imaginaba lo que me esperaba. La nave iba sobrecargada pero la necesidad de cumplir la misión era superior a cualquier consideración. Los tripulantes, profesionales de diferentes disciplinas, nos apretujábamos en el breve espacio que proporcionaba la cabina. La nave partió y el comandante decidió controlar la nave en forma manual. Debo decir que me sorprendió su habilidad para conducir el módulo de mando, eludiendo con pericia los obstáculos. Aquella tensión se prolongó por más de veinte minutos que me parecieron una eternidad. El resto de los tripulantes iba sorprendentemente sereno y soportaba las condiciones como si estuvieran acostumbrados, aflojando el cuerpo y aguantando estoicos. Yo traté todo el tiempo de disimular que este era mi primer viaje. No lo podía creer cuando finalmente llegamos. Habíamos concluido el viaje y sobrevivido. Salimos de la cabina estirando brazos y piernas y llenando los pulmones con una atmósfera sin olor a combustible.
Todo sucedió aquel día en que se me descompuso el coche y tuve que abordar una Combi colectiva para ir a trabajar.

martes, 2 de marzo de 2010

EL ÚLTIMO DISPARO











La batalla había durado ya más de dos horas. Los combatientes hacíamos gala de bravura y aunque la fatiga de combate ya había hecho estragos entre algunos de nosotros, el valor y el arrojo eran similares en ambos bandos. Por momentos, los rojos parecían dominarnos y arreciaban sus ataques, para ser detenidos en seco por nuestra cerrada resistencia. Luego la historia se invertía y nuestros feroces contraataques se estrellaban contra una heroica muralla defensiva. Por si fuera poco, la lluvia había anegado el campo de batalla y dificultaba las maniobras. Alguien propuso una tregua y de inmediato se suspendieron las hostilidades. Nuestros estrategas se reunieron y determinaron una nueva acción que se llevó a cabo de inmediato sin resultados efectivos. Quedaba un recurso: Yo. Todos conocían mi puntería y pusieron su confianza en un sólo proyectil. Debía ser letal, definitivo. Era nuestra última carta. Me preparé, apunté a la parte más vulnerable de mi blanco... y disparé. Un estruendo terrible llenó los ámbitos y aquello se volvió un verdadero pandemónium. Allá, en lo alto, los números brillaban 5 - 4.