martes, 20 de abril de 2010

LA ESPERA


La blancura del entorno sería cegadora si no fuera por la escasa luz solar que apenas permitía ver a unos tres metros alrededor. La ventisca soplaba sin piedad y el grupo hacía horas que se había desvanecido. Ese invierno había sido el más crudo que ella recordara. Sentada, continuó su paciente espera. La nieve empezó a acumularse a su alrededor, sobre todo a sus espaldas, del lado que soplaba el viento. Ella permaneció inmóvil bajo la tormenta. Su mente divagaba y los recuerdos la hacían sonreír, la hacían llorar. Sabía que él vendría. Lo seguiría esperando sin importarle el tiempo. Sin importarle la tormenta. Sin importarle nada.
La ventisca cesó varias horas después. La visibilidad fue mejorando y el viento era más tenue. Avanzando contra éste, una silueta apenas discernible se le fue aproximando lentamente, paso a paso, como si dudara en acercarse. Finalmente llegó. La miró fijamente y con un movimiento veloz cerró sus fauces en su cuello. Ella nunca sintió llegar al oso. Había fallecido a la mitad de la tormenta. Tenía ochenta y dos años.