
El hombre estaba sentado bajo la sombra de un árbol a la orilla del camino. Recargado en el tronco, me miró llegar y extendió la mano invitándome a sentarme junto a él. Obviamente no era un mendigo. Sus ropas estaban en muy buen estado y se le veía saludable dentro de lo que permite ver la imagen de un anciano, bastante viejo. Quizá estaba tomando un descanso en el camino pues aún faltaba buen trecho para llegar a La Meca. Sentado, permanecía apoyado en su bastón como para guardar cierto equilibrio.
- ¡Alá sea contigo! - le saludé.
- Contigo venga - me contestó con voz débil.
- Dime anciano. ¿Vas a la Meca? - le pregunté para hacer plática.
- No, ya vengo. He cumplido con la ley en éste, el último año de mi vida.
- ¿Cómo sabes que éste es el último año de tu vida? - le pregunté intrigado.
- No se necesita ser santo ni sabio para saber que Alá me llamará muy pronto ¿No crees?
- No lo sé. ¿Tú como lo sabes? - le cuestioné.
- El profeta Ismael me lo susurró al oído.
- ¡Alá sea loado! ¿Te habló el profeta Ismael?
- A decir verdad no sé si fue Ismael o el mismo profeta Mahoma, pero esa voz me lo dijo al terminar la séptima vuelta del Tawaf en el preciso momento en que toqué con mi mano la Piedra de Alá.
- ¡Que sea por siempre alabado! - exclamé - Mis oídos son benditos por haber escuchado tus palabras, anciano. Eres un hombre santo.
- No lo creas. He sido tan humano como tú. El que ha merecido ese título ha sido mi bisabuelo, descendiente directo de un humilde escribano que tomó los dictados del Profeta.
- ¡Dios es Alá! - grité emocionado - ¡Soy partícipe de una inmerecida bendición! Es un milagro haberte conocido, anciano. ¿Puedo saber cual es tu nombre?
- Me llamo Ben Alí. El Profeta bendiga tu humildad, peregrino. Ahora quiero hacerte un regalo. Toma, - me dijo entregándome una pequeña bolsa de piel - es tuya.
- Gracias anciano. ¿Qué contiene?
- ¡Ábrela! - me dijo. La abrí y dentro hallé una moneda de oro.
- La bolsa es tuya y dentro de ella encontrarás una moneda cada mes. No más. Tú sabrás que hacer con ella. - Arrobado, me quedé contemplando la moneda por unos instantes. Quise agradecerle una vez más por el valioso presente, pero el anciano ya no estaba. Traté de encontrarlo entre los peregrinos del camino pero fue inútil. Sencillamente desapareció. Al arribar a La Meca cumplí con la ley y esa moneda se quedó allí. ¡Alá sea bendito!