Caminaba entre la gente. Las manos crispadas en los bolsillos y el paso irregular. Deseaba que todos lo supieran y al mismo tiempo desconfiaba. No quería que le robaran su tesoro, pero tenía un problema: no sabía dónde ocultarlo. De repente daba grandes saltos, giraba en el aire y sentía que volaba como un saltimbanqui desquiciado. Recobraba el aliento caminando despacio y reanudaba sus cabriolas extendiendo los brazos en el aire. Después de un buen rato, llegó a un jardín público y se dejó caer en una banca con el corazón agitado.
Es inútil -dijo para sí- y con una gran sonrisa concluyó: ¡No puedo ocultar mi felicidad!