
Era una situación nueva para mí. Una transformación tan drástica como maravillosa. De manera increíble, ya no tenía noción alguna de ser físico; lo había logrado después de muchos años de intentarlo. ¡Estaba fuera de mi cuerpo! No tenía que hacer nada para moverme a donde yo quisiera. Durante unos segundos tuve todavía la sensación del arriba y el abajo pero sin sentir peso alguno. Busqué con ansia el famoso "cordón de plata" y no lo hallé por ninguna parte. Estuve a punto de entrar en pánico pues por un instante me sentí como un astronauta al que se le hubiera roto el cordón umbilical que lo une con el módulo, allá en la inmensidad del espacio. Entonces descubrí algo extraordinario. Con sólo pensarlo podía estar en cualquier lugar que yo deseara. Estuve presente en la gran pirámide de Keops y me maravillé con su magnificencia; luego en Abu Simbel, impresionante. Después fui hasta el Valle de los Reyes y de ahí a la Isla de Pascua. Visité Chichén Itzá, Palenque y El Tajín. Salté hasta Machu Picchu y Sacsahuaman y contemplé la llanura de Nazca y bueno, para qué seguir. Aquello fue un tour mundial por esos lugares que siempre me habían resultado fascinantes. Dando un giro dramático, cambié mis objetivos y no me lo van a creer pero platiqué, sin usar palabras, con Newton. Me dijo que lo de la manzana es puro cuento. Luego estuve con Tesla que se divertía jugando con los relámpagos. El buenazo de Franklin me deleitó con un vals ejecutado en su famosa armónica de cristal. Ahí estaba Galileo con sus famosas movidas planetarias y Nostradamus que se entretiene elaborando el horóscopo del que se le ponga enfrente. A mi admirado Giordano Bruno, no se le nota lo quemado. Observando a las aves, Leonardo me ignoró olímpicamente. Saludé a Verne y vi a los irreconciliables Cervantes y Lope de Vega compartiendo una damajuana en una taberna. Se llevan muy bien. Ariosto andaba por ahí dejando volar su grandiosa imaginación. También estaba Dante, y ¡qué creen! se paseaba por un jardín ¡del brazo de Beatrice! Sorprendí a Goethe que escribía una nueva versión del Fausto para el cine. Pasteur investiga sobre el cáncer de mama. Conversé brevemente con Sócrates y Platón me tiró un diálogo que resultó monólogo. ¡Ah! Aguantando la respiración le di un gran abrazo a mi apreciado Diógenes que me regaló una linternita de llavero. Por cierto, su tinaja estaba muy bien acondicionada. Lógicamente, ahí estaba Aristóteles. Nos saludamos como viejos amigos. Discutí un buen rato con Sartre y no llegamos a ningún acuerdo. No hacía falta. Llegó por ahí Herodoto y me sorprendió su clara conciencia del devenir histórico. Luego me encontré por sorpresa con Bonaparte que accediendo a mi petición me contó, con lujo de detalles, su estrategia en la batalla de Tolón. Por cierto que cultiva una profunda amistad con Nelson. Extraordinario.
Todo iba de maravilla. Yo estaba feliz como bacteria en caldo de cultivo cuando de repente aquel ambiente se empezó a oscurecer y no recuerdo más. Algunas molestias acompañaron mi vuelta a la conciencia y minutos más tarde, el cirujano se acercó solícito y me preguntó cómo me sentía. Con la poca voz que me salió le respondí que bien, pero que me hubiera gustado mucho soñar un poco más.