martes, 24 de abril de 2012

TRAYECTORIAS

Empezó a descender muy indecisa. Ya avanzaba, ya se detenía. Tomaba hacia la izquierda, luego a la derecha. Tras un breve y rápido recorrido se detuvo. Permaneció inmóvil por algunos segundos como para cobrar ánimo y avanzó de nuevo, zigzagueando a gran velocidad para detenerse de manera abrupta. Efectuó un lento giro en diagonal a la izquierda con mucha parsimonia, como si tuviera todo el tiempo de mundo, y entonces sucedió. Se encontró con su igual y sin mediar protocolo alguno se juntaron. Se fundieron la una con la otra y en un instante más, descendieron veloces por la superficie, llegaron al borde y saltaron al vacío.
    Esta historia se repite sin cesar con variables infinitas. Sus trayectorias difieren pero siempre terminan igual. No me canso de mirarlas cuando llueve en el cristal de mi ventana.

martes, 17 de abril de 2012

ESCALERA

¿Dónde se encuentra la cordura? Me pregunto con frecuencia al observar que lo contrario se encuentra en todas partes.
    Hoy casi me caigo de la risa. Les cuento. Esta mañana regresábamos mi esposa y yo de nuestra caminata, cuando vimos asomar por una reja el extremo de una escalera. Luego, al aproximarnos, vimos al que la llevaba al hombro.  Vestía una mezcla de pantalón bombacho, sombrero de fieltro bastante raído, cinturón de electricista y zapatos tenis casi negros o muy sucios. En la cara escondida tras barba y bigote descuidados, los ojos eran apenas perceptibles a través de las rendijas que dejaban los párpados. -Pensé que Diego Velázquez lo hubiera escogido sin dudar para modelo de un profeta-. El hombre dio un paso adelante y la escalera topó con la reja rebotando hacia atrás. El conjunto escalera-hombre-cinturón-sombrero se cimbró y osciló en sorprendente equilibrio. Reanudó su andar y al salir golpeó de nuevo la reja con la parte de atrás de la escalera. Un efecto de giro resultó de ello y aquel hombre tambaleante emprendió un vaivén de brújula perdida que de forma increíble no fue suficiente para derribarlo. Nos detuvimos para no interferir en la maniobra y nos convertimos en espectadores. Poco a poco logró estabilizarse y echó a andar por la banqueta. No había dado ni cuatro pasos cuando el cinturón de electricista se le deslizó hasta el suelo y se le enredó en los pies. Estuvo a punto de caer. Se detuvo y con una mano logró subirse el cinturón. En eso, otro individuo salió tras él y cerró la reja. Llevaba en la mano derecha un machete y en la izquierda un hatillo de herramientas. Picado por la curiosidad, le pregunté a este último si su compañero estaba en sus cabales. Me miró y con una sonrisa chimuela me contestó:
    -He, he, he. Iempge anda agí. Tooos díag. Eg que agí eg él. ¡Eg mi gefe!
    Tuvimos que esperar a que se alejaran un poco para desahogar la risa. Parece que el requisito para tener esa chamba es nunca soltar la escalera. 

martes, 10 de abril de 2012

TEMPO MODERATO

Como de costumbre llegaba temprano. En la calle soplaba el vientecillo de otoño. Como todos los lunes, desde mi ventana miraba aproximarse su figura oscura. Se veía pequeña, frágil. Caminó acercándose a lo largo de la alambrada, midiendo cada paso con un ritmo invariable. Yo podría haber escrito un minueto, nota por nota, con el compás de sus diminutos pasos. De fondo, los sonidos de la calle armonizaban con su suave melodía. La bolsa con las partituras, elemento de su imagen desde que yo la recordaba, pendía de su mano izquierda. Al fin llegó. Calculó la distancia, avanzó un poco más, extendió su mano derecha y llamó a la puerta con sus habituales tres toques. Salí a abrirle.
    Ya queda poco de mi maestra de música. Sin embargo, espero verla muchos lunes más, antes de que concluya su larga sinfonía.

martes, 3 de abril de 2012

DINKY

Iba en mi coche un domingo cuando lo vi. Cruzaba sin prisa los rieles del ferrocarril y no pude creerlo. Lo conocí hace más de veinte años. ¿Sería él? Decidí estacionar el auto y bajar a verlo para asegurarme. Lo encontré junto a un puesto de cemitas. Se veía bien y muy sano. No había cambiado nada. Me acerqué y estaba a punto de hablarle cuando volteó la cabeza y me miró. Sus ojos color café claro increíblemente delineados reflejaban la vitalidad e inteligencia que yo recordaba. El pelo castaño rodeaba su cabeza. No había duda, era él. En ese momento la voz de un niño, desde otro puesto, le llamó. Fue a donde la voz y vi salir a un chamaquito. Le pregunté cómo se llamaba. ¡Dinky! Se llama Dinky, me contestó. Me quedé de una pieza. ¡Era él! Oye, ¿Cuantos años tiene? Como tres. ¿De veras? Le dije. Está muy bonito. Sí, es hijo de un hijo de Dinky, por eso le pusimos así, Dinky. No pude evitar sonreír. ¿Era lógico ¿no?