
Ese día, los cuatro acordamos reunirnos por la tarde en el Árbol del Fantasma; éste se encontraba en un lugar secreto y mágico en la tupida selva y, escondida entre sus raíces, se hallaba nuestra más valiosa posesión: el tesoro. En él se cifraban las esperanzas de todos para un futuro inmediato.
Todo empezó cuando decidimos romper con las condiciones que otros nos imponían y decidimos independizarnos para no tener que aceptar los caprichos de nadie. Aquella tarde todo cambiaría.
A eso de las cinco, fuimos llegando de uno en uno en forma muy discreta y cuidadosa. Si bien la selva nos protegía de miradas curiosas no estaba por demás ninguna precaución. ¡Si se descubría nuestro escondite!... Conforme íbamos llegando nos escurríamos entre los matorrales hasta alcanzar la base de nuestro árbol. Una vez reunidos, quitamos las piedras que disimulaban el hueco entre las raíces. Uno de nosotros sacó el cofre, lo abrió, y contamos varias veces las monedas.
Saltando de alegría y olvidando toda precaución, salimos gritando de los setos de aquel jardín público. De ese lugar extraordinario que durante meses llenó cuatro vidas de significado y donde yo, en lo más profundo de mi corazón, sentía que se estaba terminando una etapa más de aquella infancia. ¡Habíamos reunido lo necesario para comprar nuestro propio balón de fut!