lunes, 22 de junio de 2009




INVITADO





Sentado en aquella banca del parque y absorto en la lectura, sentí de pronto su presencia y disimuladamente lo observé con el rabillo del ojo. Me miraba con ansia y en su inquietud se adivinaba inseguridad, temor y ... hambre.
Intenté seguir leyendo, ignorándolo, pero su presencia era demasiado sensible y no pude concentrarme en los renglones. Entonces tomé una decisión y como no me pareció adecuado darle dinero, me levanté fingiendo indiferencia y cruzando el parque me dirigí a una pastelería próxima donde compré un puñado de pastas surtidas - un pastel hubiera sido demasiado - y regresé a la banca como si nada. Ya no lo ví y pensé que se había ido, así que tomé una pasta con chocolate y la puse por ahí donde pudiera verla, abrí mi libro y continué la lectura. No habrían pasado ni treinta segundos cuando apareció de nuevo con su hambrienta figura gris, tembloroso y lleno de recelos. Finalmente, armándose de valor, tomó el panecillo y retirándose discretamente empezó a comerlo. Me dio tanto gusto verlo satisfacer su apetito que puse con mucho disimulo otra pasta a su alcance. Después me retiré tranquilamente y satisfecho de mí mismo por haber aprovechado la oportunidad de alimentar a un pequeño ratón de jardín.