
No era mi primer vuelo pero mis temores sí eran los mismos. Se dice que aquello que más temes es lo que te sucede y para mi desgracia se estaba haciendo realidad. Mi paracaídas no se había abierto y seguía bajando velozmente hacia tierra. El suelo se aproximaba muy rápido y créanme, eso de que cuando vas a morir, tu vida entera desfila por tu mente como una película, es verdad. La mía pasó demasiado deprisa; apenas y pude reconocer algunos pasajes: mi infancia transcurrió en cinco segundos; mi adolescencia en diez y mi juventud en otros tantos.
En los entrenamientos me pasaba lo mismo. No sé por qué continúo la tradición familiar de piloto aviador. Bueno, si sé por qué. ¿Ustedes saben lo que es la presión de varias generaciones? Pues yo sí y es terrible. Ahora había cerrado los ojos fuertemente pues no quería mirar cuando hiciera contacto con la tierra. Sin embargo, me sobrepuse y los abrí tan solo para sentir un fuerte vacío en el abdomen. El suelo estaba ahí y de pronto ¡Bum bum! Las ruedas corrieron por la pista. Corté el acelerador, hice mi carreteo y llegué hasta el hangar. Qué bueno que no se abrió mi paracaídas. No hubiera podido explicar por qué, adentro de la cabina.