martes, 24 de diciembre de 2013

CARTITA

Queridos Reyes Magos:

Me he animado a escribirles esta carta porque cada año me quedo con las ganas de recibir algún regalo. Nunca me he atrevido a pedir nada, pero ahora al fin, me animo. Debo decirles que me he portado bien todo el año. He comido bien y he cumplido con mis tareas. Creo que me lo merezco. Quiero que  me traigan algo que necesito con urgencia. Anexo encontrarán un folleto ilustrado donde marqué con un círculo el modelo que quiero. Es un vehículo fantástico con líneas bellas y aerodinámicas que lo hacen parecer veloz aún parado. Su estructura se ve sólida y resistente. Es de un hermoso color rojo con vivos dorados y, lo que es más importante, no es muy caro y posee gran capacidad de carga. Es el trineo que siempre quise. Quiero ver si de verdad son tan magos como dicen. No me defrauden.

    Afectuosamente

    Santa Claus.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

DECALOGOMANÍA

Moisés no tuvo la culpa. Seguro que fue Yahvé el que dijo que tenían que ser diez, y de ahí para acá, siempre que alguien quiere establecer una serie de disposiciones, cuando las cuenta le suman diez. Hay decálogos para todo. Vizinczey no fue la excepción y por encargo se metió en el mismo molde: "Los diez mandamientos de un escritor".
    Por supuesto que no voy a recitar los diez. Sería cruel. Sólo comentaré los que me han gustado:

El 4° dice: No serás vanidoso.
    Desde mi punto de vista, cuando se está en los peldaños iniciales del desarrollo literario, lo que menos se tiene es vanidad. Cualquiera puede escribir mejor que yo.

El 5° dice: No serás modesto.
    ¿En qué quedamos? La modestia sólo puede existir donde hay de qué ser modesto. En mi caso no hay ambición. Sólo un tranquilo deseo de decente comunicación. Así, según Vizinczey, soy chapucero, perezoso y complaciente. Será porque no pretendo ser escritor. Tan sólo escribo. 

El 9° dice: Escribirás para complacerte a ti mismo.
    Estoy totalmente de acuerdo. Escribir es quizá la actividad que más disfruto y leerme, el mayor de mis placeres... a veces.

El 10° dice: Serás difícil de complacer.
    Éste me parece bueno. Mi gusto es exigente, pero no demasiado. Les dejo a los profesionales ese anhelo de perfección. Si me gusta lo que he escrito, para mí es más que suficiente, pero exijo lo mejor de los profesionales. Si no ¿de dónde voy a aprender?

martes, 10 de diciembre de 2013

LA ÚLTIMA CACERÍA

Calor infernal. Humedad del 95 por ciento. Lluvias intermitentes. Selva cerrada por todas partes. Lodo, mosquitos y... ¡pinolillos! Istmo de Tehuantepec.
     Dejamos los vehículos entre unos matorrales e iniciamos la caminata. Serían las ocho de la mañana. Los seis cazadores nos desplegamos en abanico. En unos minutos, ya no podíamos vernos. Sólo se escuchaban los ladridos de los perros y avanzábamos en esa dirección. El tañido de un cuerno nos informaba de cuando en cuando la posición de los que llevaban la jauría. Empezó a llover. Los perros y la selva guardaron silencio. Los insectos dejaron de zumbar. La lluvia lo mojaba todo. Me detuve. Coloqué el cañón de la escopeta bajo el ala del sombrero. Delante de mí, un estrecho sendero cruzaba. Me preguntaba quién lo habría hecho. La selva me contestó. Apareció una  cabeza que atisbó para ambos lados. Luego apareció el resto del tejón y tras él,  seis pequeños en fila cruzaron el claro. Como no me moví, no me vieron. Pasaron a menos de cinco metros de mí. Cesó de llover. El cuerno se dejó escuchar y caminé en esa dirección. Estaba empapado y eso me refrescó. Los perros se escuchaban lejos. Me había rezagado. Vi mi reloj. Eran las diez y no habíamos visto el venado. Seguí caminando entre los matorrales. Dejé de oír a los perros.
     Las doce. El sol convertía la selva en un sauna agotador. Tomé la cantimplora y bebí con ansia. Se soltó un nuevo aguacero. La lluvia sonaba con sordina en las hojas de los árboles y éstas chorreaban a grandes gotas hasta el suelo. Volví a quedarme quieto. No escuchaba nada. Por primera vez, sentí mi soledad. Dejó de llover. Decidido, reanudé la marcha en la última dirección que recordaba. Perdí la orientación. El monte se veía igual dondequiera que mirara. Crucé una valla de alambre de púas. Estaba en un potrero. Empecé a sospechar que me había perdido, pero conservé la presencia de ánimo. En eso, escuché aullidos lejanos. ¡Eran los perros! Ese "latir" se conoce como la señal de "animal plantado". Empecé a correr donde la maleza me lo permitía. Después de un rato me detuve a descansar. Sonaron varios estampidos. ¡Seguramente habían cobrado pieza! Salí de pronto a un claro del monte. Ahí estaban los demás. En el suelo, un venado yacía muerto. Los perros lamían la sangre de sus heridas mientras lo ataban por las patas a un palo para cargarlo. Nunca olvidaré esa escena. Sentí como si formara parte de una banda de Neanderthales. 

     Me dijeron que me había perdido lo mejor. Los perros coparon al venado ahí, en su "acahualera", y prácticamente se les puso al tiro de costado. Recibió tres disparos. Uno lo mató de inmediato. Le atravesó el corazón.
     Empezaron las bromas y alguien sacó una anforita para brindar por el éxito de la cacería. Uno de ellos me retó a disparar contra un tronco que tenía una mancha blanquecina para ver si le acertaba. Yo era un invitado y no podía irme sin haber disparado un tiro. Acepté el reto. El tronco estaba como a quince metros. Llevaba la .410 cargada con perdigones del Cero. Amartillé el arma, apunté y disparé. Fuimos a ver. Los tres plomos entraron en un círculo de veinte centímetros. Un buen tiro. Las bromas volvieron y todos reían cuando una voz aguardentosa gritó a nuestras espaldas: ¡Por qué tantos tiros en mi potrero! Nos quedamos inmóviles. Arriba, en un altozano, un hombre a todas luces ebrio nos encañonaba con una escopeta "cuata". A su lado, una mujer y dos niños. El hombre continuó hablando. La distancia entre él y nosotros me hacía ver que si disparaba ambos cañones, de seguro nos tocarían algunos perdigones. Yo tenía un nuevo cartucho en la recámara y otros dos cazadores sostenían las escopetas en sus manos. De reojo, vi como uno de ellos levantaba lentamente el arma. No esperé más. Alcé la voz y le dije que no había problema. Que estábamos festejando y que en agradecimiento por haber cazado en su potrero, le regalaríamos una pierna del venado.

     Esa noche, en la casa, cenamos la otra pierna preparada de forma exquisita. A mí me supo amarga. Los cazadores me la regalaron por haber negociado con aquel ganadero. Es lo bueno de ser invitado. De souvenir me traje piquetes de pinolillo que me torturaron por dos semanas. Esa fue mi última cacería. Volví por ahí un año después y pasé a saludar a los compañeros de aventura. Recordamos el episodio y pregunté por el ganadero. Lo mataron en Junio, me dijeron. Estaba re-loco.

martes, 3 de diciembre de 2013

DE LOS ORÍGENES

Lo malo de pertenecer a una cultura nueva, es que mucha gente no sabe de quién agarrarse, si de Cortés o de Cuahutémoc. El resultado de esa mixtura ha sido la desubicación total de los que no somos ni indígenas ni peninsulares. Somos una extraña combinación de elementos y nos columpiamos de aquí para allá según los vientos de la conveniencia. La nación mexicana ha sido protagonista de un parto demasiado prolongado, que por momentos amenaza con la asfixia del producto. La Patria parturienta, llevada hasta el hastío por tan dilatado trabajo, hace esfuerzos sobrehumanos por terminar con esa tarea y, como buena madre, abrazar al hijo de sus entrañas. Un mexicano definido, no por la geografía o la apariencia, sino por una mentalidad única y autónoma, lejos de los clichés establecidos por la publicidad y los creadores de imagen. Ni somos indígenas ni somos gachupines y ahí está la base de nuestro problema de identidad. Además, las culturas más diversas han metido su cuchara para incorporarnos una serie de ingredientes tan variados que no sabemos de dónde escoger. El bombardeo es terrible y nos vemos en la necesidad de aceptar modos de pensar y vivir, debido a la presión del medio laboral y social, que son ajenos. En algún momento llegamos a cuestionarnos si estaremos pensando y actuando como gringos, como japoneses, como franceses, o si estaremos siendo en verdad mexicanos. Unos más, otros menos, compartimos fisonomías autóctonas revueltas con genes de toda índole, y algunas combinaciones resultan despistantes, mientras no abramos la boca. Es precisamente cuando hablamos que se nos identifica como mexicanos y créanme, yo me he sorprendido, estando en el extranjero, cuando alguien me dijo: "del D.F. ¿verdad?". Nada más le faltó la colonia. Ingenuamente le pregunté ¿cómo supo? y me dijo: "por el acento". Fue una revelación para mí que creía que mi modo de hablar era internacional, sin acento identificable y modestamente perfecto. ¡Vaya!, pensé. Se nota que soy mexicano sólo cuando abro la boca. En silencio, soy un latinoamericano genérico. Esta experiencia ha tenido consecuencias. Desde entonces sé que se me reconoce como mexicano sin necesidad de vestir de charro ni de gritar por todas partes ¡Viva México! ni apoyar a la selección de fut envuelto en la bandera. Tuve que andar por el mundo para tener conciencia de mi entrañable nacionalidad. No requiero de símbolos externos de ninguna clase. Todo lo que tengo que hacer es abrir la boca... y hablar.