Calor infernal. Humedad del 95 por ciento. Lluvias intermitentes. Selva cerrada por todas partes. Lodo, mosquitos y... ¡pinolillos! Istmo de Tehuantepec.
Dejamos los vehículos entre unos matorrales e iniciamos la caminata. Serían las ocho de la mañana. Los seis cazadores nos desplegamos en abanico. En unos minutos, ya no podíamos vernos. Sólo se escuchaban los ladridos de los perros y avanzábamos en esa dirección. El tañido de un cuerno nos informaba de cuando en cuando la posición de los que llevaban la jauría. Empezó a llover. Los perros y la selva guardaron silencio. Los insectos dejaron de zumbar. La lluvia lo mojaba todo. Me detuve. Coloqué el cañón de la escopeta bajo el ala del sombrero. Delante de mí, un estrecho sendero cruzaba. Me preguntaba quién lo habría hecho. La selva me contestó. Apareció una cabeza que atisbó para ambos lados. Luego apareció el resto del tejón y tras él, seis pequeños en fila cruzaron el claro. Como no me moví, no me vieron. Pasaron a menos de cinco metros de mí. Cesó de llover. El cuerno se dejó escuchar y caminé en esa dirección. Estaba empapado y eso me refrescó. Los perros se escuchaban lejos. Me había rezagado. Vi mi reloj. Eran las diez y no habíamos visto el venado. Seguí caminando entre los matorrales. Dejé de oír a los perros.
Las doce. El sol convertía la selva en un sauna agotador. Tomé la cantimplora y bebí con ansia. Se soltó un nuevo aguacero. La lluvia sonaba con sordina en las hojas de los árboles y éstas chorreaban a grandes gotas hasta el suelo. Volví a quedarme quieto. No escuchaba nada. Por primera vez, sentí mi soledad. Dejó de llover. Decidido, reanudé la marcha en la última dirección que recordaba. Perdí la orientación. El monte se veía igual dondequiera que mirara. Crucé una valla de alambre de púas. Estaba en un potrero. Empecé a sospechar que me había perdido, pero conservé la presencia de ánimo. En eso, escuché aullidos lejanos. ¡Eran los perros! Ese "latir" se conoce como la señal de "animal plantado". Empecé a correr donde la maleza me lo permitía. Después de un rato me detuve a descansar. Sonaron varios estampidos. ¡Seguramente habían cobrado pieza! Salí de pronto a un claro del monte. Ahí estaban los demás. En el suelo, un venado yacía muerto. Los perros lamían la sangre de sus heridas mientras lo ataban por las patas a un palo para cargarlo. Nunca olvidaré esa escena. Sentí como si formara parte de una banda de Neanderthales.
Me dijeron que me había perdido lo mejor. Los perros coparon al venado ahí, en su "acahualera", y prácticamente se les puso al tiro de costado. Recibió tres disparos. Uno lo mató de inmediato. Le atravesó el corazón.
Empezaron las bromas y alguien sacó una anforita para brindar por el éxito de la cacería. Uno de ellos me retó a disparar contra un tronco que tenía una mancha blanquecina para ver si le acertaba. Yo era un invitado y no podía irme sin haber disparado un tiro. Acepté el reto. El tronco estaba como a quince metros. Llevaba la .410 cargada con perdigones del Cero. Amartillé el arma, apunté y disparé. Fuimos a ver. Los tres plomos entraron en un círculo de veinte centímetros. Un buen tiro. Las bromas volvieron y todos reían cuando una voz aguardentosa gritó a nuestras espaldas: ¡Por qué tantos tiros en mi potrero! Nos quedamos inmóviles. Arriba, en un altozano, un hombre a todas luces ebrio nos encañonaba con una escopeta "cuata". A su lado, una mujer y dos niños. El hombre continuó hablando. La distancia entre él y nosotros me hacía ver que si disparaba ambos cañones, de seguro nos tocarían algunos perdigones. Yo tenía un nuevo cartucho en la recámara y otros dos cazadores sostenían las escopetas en sus manos. De reojo, vi como uno de ellos levantaba lentamente el arma. No esperé más. Alcé la voz y le dije que no había problema. Que estábamos festejando y que en agradecimiento por haber cazado en su potrero, le regalaríamos una pierna del venado.
Esa noche, en la casa, cenamos la otra pierna preparada de forma exquisita. A mí me supo amarga. Los cazadores me la regalaron por haber negociado con aquel ganadero. Es lo bueno de ser invitado. De souvenir me traje piquetes de pinolillo que me torturaron por dos semanas. Esa fue mi última cacería. Volví por ahí un año después y pasé a saludar a los compañeros de aventura. Recordamos el episodio y pregunté por el ganadero. Lo mataron en Junio, me dijeron. Estaba re-loco.