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Llegó muy bien recomendado por personas conocidas de la familia. Hombre de unos sesenta años, entró a hacerse cargo de los menesteres de la casa: patio central con fuente y jardineras; corredores sombríos; ocho habitaciones; recibidor, sala principal y gran comedor. Se encargaba de que todo funcionara. Recibía y clasificaba la correspondencia; llevaba y traía recados y mantenía brillantes los herrajes de bronce de los pasamanos. Era, por así decirlo, una especie de mayordomo sin pretensiones. Lo de Don se le aplicaba como a todo señor de cierta edad sin mayores títulos. Eustacio era su nombre. Su mejor cualidad: la discreción. Fue contratado directamente por Doña Rosario, la señora de la casa.Trabajaba sin hacer preguntas y se le veía activo durante todo el día. Por las noches esperaba el regreso del patrón, a quien saludaba cortésmente sin esperar respuesta. Cerraba los aldabones, pasaba la tranca en la puerta principal, apagaba las luces y, a oscuras, se retiraba a dormir a su cuarto en el patio trasero de la mansión, a las ocho en punto todos los días, por órdenes estrictas de la patrona.
Cierto día, la señora le llamó para encargarle algo y Don Eustacio entró por primera vez en la penumbra de un despacho donde Doña Rosario, siempre elegante y de muy buen ver, escribía algo en un papel. Los ojos de Don Eustacio se acostumbraron a la escasa luz de la habitación: una salita vienesa a un lado cuya mesa de centro lucía un florero con geranios frescos y por acá un archivero de madera. Al centro, el escritorio donde Doña Rosario redactaba en ese momento algún recado. En el muro, a espaldas de ella, había colgados dos retratos en marcos ovalados, uno era del patrón y el otro de Doña Rosario. Su escrutinio fue interrumpido por la señora.
-Don Eustacio, hágame favor de llevarle esto al párroco de la iglesia de La Soledad. Este domingo es el sexto aniversario de la muerte de mi esposo. Debe celebrar una misa solemne por él y no quiero que lo olvide -dijo esto girando la cabeza para mirar el retrato. El ruido de un cuerpo al caer la hizo voltear nuevamente.
No sé si el alma de Don Eustacio fue incluida en esa misa o la celebraron aparte, pero eso fue hace seis meses y es la hora en que Doña Rosario continúa sin mayordomo.
