martes, 25 de octubre de 2011

CLAUSTRO

Lluvias de verano y amaneceres de niebla. Humedad intensa que todo lo envuelve. Sempiterno verdor. Naturaleza omnipresente alrededor. Fuera, un calorcillo suave y confortante. Dentro, frescura y casi frío. Olor a musgo. En los pasillos alrededor del patio, bajo los arcos, la alegórica presencia de las cuentas del rosario pintadas al fresco por incógnitos indígenas. Silencio, quietud, aroma a incienso.
    La campana toca a maitines. Empieza el día. Abro la ventana de mi celda. Al fondo, el sol se dedica a definir con descendente dramatismo los peñascos superiores del acantilado; acentúa poco a poco las sombras y define el contorno de las rocas con hábiles trazos de sus pinceles de luz. La cascada insiste en hacerse notar con su blanco contraste y al verse observada se deja caer lánguidamente al abismo. Abajo, más cercanos, los huertos se extienden como una alfombra cuyo verdor se interrumpe aquí y allá por tejados de barro. 
    Hace ya diez años que abracé la vida monástica. Me gusta la paz y el sosiego del alma. Sin embargo mi espíritu, ávido de comunicarse, encuentra en las palabras su mejor recurso. Para hoy he preparado un sermón sobre los designios de Dios. Sobre los caminos rectos trazados con reglas curvas. Sobre la gracia de aceptar su inefable voluntad.

Fray Juan de Dios y María Santísima.

Día 24 de Agosto del año del Señor 1573
Convento de la Natividad
Tepoztlán.

martes, 18 de octubre de 2011

SOLEDAD

Eran las seis de la tarde y seguía lloviendo. Por la mañana, una lluvia constante. Ahora, se trataba de una tormenta eléctrica que oscureció prematuramente el día y azotaba el tejado y las paredes de la casa con ráfagas de granizo. ¿De dónde vendrá tanta agua? Se preguntó. Poco a poco, un rumor que había ido creciendo llegó hasta sus oídos y se convirtió en estruendo. Revisó la ventana y se dirigió al fogón donde ardían algunos leños. Se frotó las manos entumecidas. Encendió una vela y se dirigió a la puerta que resistía el empuje del viento. Antes de llegar a ella, sus pies sintieron el agua que entraba reptando como una serpiente invadiéndolo todo. Forcejeó con el cerrojo y éste cedió de pronto. La puerta se abrió de golpe hacia dentro derribándola con su ímpetu. El agua entró de golpe y se apoderó del aposento. Se levantó tosiendo. La vela se apagó. Empapada, subió a la mesa cuando vio que el agua le llegaba hasta los muslos y seguía subiendo. Formaba oscuros remolinos que se retorcían como monstruosas bocas queriendo devorarla. De rodillas sobre la mesa vio apagarse la veladora en el huacal junto a la cama. La cajita de madera donde guardaba sus "pequeñas cosas", describía círculos mientras flotaba como buscando una salida. Trató de alcanzarla un par de veces y dejó de intentarlo. Pensó en Damián y se consoló al recordar que él estaba lejos. Muy lejos. La oscuridad envolvió el lugar y por momentos sintió estar ya bajo el agua. Tímidamente bajaba una mano para sentirla. Llegaba a menos de una cuarta bajo la cubierta de la mesa. Tiritando por el frío, se quitó sus ropas, las exprimió lo mejor que pudo y se las volvió a poner. Se sintió mejor. Cansada, se hizo un ovillo sobre la mesa y se quedó dormida.
    El canto de un gallo la despertó. La luz de la mañana entraba por la puerta abierta  y se reflejaba en el agua que parecía llenarlo todo. Había dejado de llover. Permaneció inmóvil. Sus ojos hacían inventario de la realidad. Se animó a incorporarse. El nivel del agua había bajado un poco. Vio que el fogón había quedado apenas sobre éste y dos o tres palos secos en el rescoldo prometían comida caliente. Sin pensarlo mucho bajó de la mesa y entró al agua que ahora le llegaba a las rodillas. El silencio contrastaba con el fragor de la noche anterior dándole una sensación de paz. Hurgó en el fogón, sacó las cenizas, acomodó los leños y un rato después recalentaba frijoles y tortillas. Le quedaba poca agua en el botellón pero fue suficiente para preparar café en un reconfortante almuerzo.
    No probó otro alimento durante dos días más. El nivel de las aguas no bajaba y amenazaba con llover de nuevo. Al mediodía, el ruido de un motor la hizo salir. Era una lancha de auxilio. Quiso quedarse si le daban una despensa pero le dijeron que venía más agua. Se aproximaba un huracán.
    Rumbo al refugio, llevaba en sus manos la cajita de madera con sus "pequeñas cosas". Esa noche pensaba en el río cruel que, sin embargo, la había perdonado ya dos veces. Antes de dormirse abrió la cajita y leyó por enésima vez la última carta de Damián. Todas comenzaban igual: "Querida Soledad".

martes, 11 de octubre de 2011

¡FUNCIONA!

El individuo me abordó discretamente junto a los sanitarios en el aeropuerto de Kabul. Como es natural, yo me comporté desconfiado. En el lugar pululaban operarios gringos de cuanta corporación puedan ustedes imaginar y elementos del ejército armados como si fueran a combatir fuera de nuestro planeta. El misterioso sujeto pretendía pasar inadvertido pero su fisonomía y sus ropas lo hacían parecer como un auténtico mujaidín. Es más, creo que era un mujaidín. Sus expresivos ojos denotaban angustia y temor. Se acercó a mí y me dijo por lo bajo.
    -Necesito ayuda. Esto es para usted. - dijo mientras intentaba darme un pequeño objeto que traía en la mano, a lo que yo me rehusé.
    -No, gracias, no me interesa. - le respondí al tiempo que me mostraba en su palma un anillo dorado bastante... barroco.
    -Créame que se está perdiendo de algo verdaderamente maravilloso.
    -No, no me interesa. De veras.
    -Perdóneme que insista. Acéptelo. ¡Es un regalo! Usted es la única persona en este lugar, que merece este verdadero tesoro. Le aseguro que esto no es para cualquiera. ¡Usted es un elegido!
    -¿Si? ¿Quién me eligió?
    -Pues... ¿Me creería que han sido las Energías Universales?
    -¡¿Las qué?!
    -¡Las energías que crean, transforman y destruyen el Universo! - me respondió vehemente.
    -¿En ese anillo? - exclamé incrédulo.
    -Bueno, debo decirle que el anillo es una especie de condensador de esa energía. Algo así como la clave para abrir una caja de caudales.
     Esa última metáfora logró captar mi atención, por aquello de los caudales.
    -Está bien. ¿Cuánto quiere por él?
    -Señor, - me contestó un poco resentido - esto es más serio de lo que usted cree. ¡Le dije que es un regalo! Sólo tiene que seguir mis instrucciones. Mi vida está en peligro. Los agentes americanos darían la vida por atraparme. No por mí. Por este anillo. Mi buena fe es absoluta y para demostrárselo, tenga. Póngaselo usted.
    No bien me lo puse, un tropel de agentes penetró corriendo por el extremo del corredor a mis espaldas. El rostro moreno del hombre palideció a un color gris exangüe.
    -¡Míreme a los ojos! - me dijo - ¡No deje de mirarme y gire la cara del anillo hasta que haga click! - Así lo hice y de pronto me encontré mirando a la pared. El hombre sencillamente ¡había desaparecido! Los agentes pasaron junto a mí, entraron al baño, salieron y se dispersaron por los pasillos del aeropuerto.

    Tengo el anillo y algunas ideas de lo que puedo hacer con él pero me queda una duda. Aquel hombre ¿a dónde se fue?

martes, 4 de octubre de 2011

LA CALLE

Esa noche caminaba de regreso a mi hotel, distante unas diez cuadras, después de asistir al teatro. Decidí acortar camino por calles que no conocía. Hacía algo de frío y llevaba las manos en los bolsillos del abrigo. El tránsito vehicular era escaso y el comercio estaba cerrado. El entorno se volvió silencioso. Los escasos peatones quedaron atrás cuando di vuelta en una calle de una sola cuadra, cerrada en sus extremos por sendas transversales. Casi de inmediato, el único ruido que llegó a mis oídos era el de mis propios pasos. Un arbotante iluminaba suavemente desde la mitad de la calle. La onda descendente de un escalofrío recorrió mi espalda y se desvaneció en el aire de la noche. Era una calle sin puertas ni ventanas. Los muros que la flanqueaban parecían ser las respectivas partes traseras de antiguas edificaciones. Simples bardas, bastante altas. Me invadió la terrible sensación de haber caído en una trampa. Estuve a punto de detenerme y regresar. Me sentía observado. Rápidamente giré el cuerpo para ver si alguien me seguía. Nadie. Llegué bajo el farol. Ahora me daba lo mismo devolverme o continuar. Decidí avanzar. Mi sombra se iba alargando por delante marchando al compás del eco de mis pasos. Las luces de un taxi solitario que cruzó por la bocacalle, definió las siluetas de tres hombres en la esquina. Parecían hablar entre ellos. Volteé nuevamente hacia atrás. Sólo me faltaba ver otros dos o tres tipos cerrándome la salida, pero no había nadie... todavía. La adrenalina empezaba a ponerme tenso y aflojé los puños en los bolsillos sintiendo cómo las palmas me sudaban. ¿Qué haría al llegar a la esquina? ¿Debía continuar por la acera donde estaban los tres individuos? ¿Regresaría corriendo a todo lo que daba? ¿Me detendría a "atarme" los zapatos? ¿Me pasaría a la otra acera? ¿Y si ellos hacían lo mismo? Faltaban escasos veinte metros para llegar a donde los sujetos se encontraban cuando una luz iluminó sus caras indefinidas y uno tras otro encendieron sus respectivos cigarrillos. El fósforo se apagó. Entre risas, cruzaron la calle y siguieron su camino. Cuando llegué a la esquina, el olor del humo de tabaco era lo único que quedaba.
    Al llegar al hotel, el recepcionista me saludó como siempre, me entregó mi llave y me preguntó si estaba haciendo mucho frío porque me veía muy pálido.