Ese día salió de prisa del instituto. Su semblante se veía iluminado por la decisión. Miró su reloj. Estaba a tiempo. Ella salía siempre a la misma hora y había calculado cuánto tardaría en llegar, con su cadencioso andar, hasta el jardín público en la calzada. Debía llegar después que ella y simular un encuentro fortuito. No sabía si apresurar o relajar el paso. Tampoco sabía lo que le iba a decir cuando la encontrara. Ya se le ocurriría algo. Decidió aflojar su caminar y notó que tenía la boca seca. El día estaba soleado pero no era para tanto. Llegó a la bocacalle y cruzó para entrar en las veredas del jardín desde donde se veía la parte posterior del kiosco y se detuvo. Se sintió ansioso y preocupado porque desde ahí no podía ver si ella había llegado. Bueno, aún es tiempo, se dijo y trató de tranquilizarse. Inquieto, se revisó la ropa y se alisó el cabello. Notó cómo las manos le temblaban y sintió que las piernas apenas le sostenían. Una oleada de nervios lo invadió cuando la vío llegar por la otra calle y adentrarse por los andadores del parque marcando cada uno de sus pasos con un suave y enloquecedor golpe de caderas. Estaba petrificado. Limpió su garganta para ver si le salía la voz. Ella llegó al kiosco y quedó oculta tras él. Era ahora o nunca. Avanzó decidido aparentando una tranquilidad que no sentía. Dio la vuelta al kiosco y la vio. Ahí estaba la causa de sus inquietudes. Siguió caminando y estaba tan sólo a tres pasos de ella cuando se dio cuenta de que no estaba sola. El tipo medía un palmo de estatura más que él. Era demasiado tarde para volver atrás y no tuvo más remedio que continuar. Llegó y la saludó como cualquier persona educada. Entonces el tipo aquél le puso una mano en el pecho empujándolo mientras le decía que qué quería, que ella era su novia. Tuvo la sensación de estar en otra parte, en otro mundo, en otro universo, viviendo una vida que no era la suya. Lo peor vino cuando ella se hizo la desentendida y puso en sus labios una sonrisa burlona como disfrutando del evento. Haciendo acopio de un aplomo digno de mejores circunstancias dijo que ni modo, que no siempre se podía llegar primero. Dio media vuelta y se retiró caminando con el paso más seguro que pudo conseguir. No sentía el suelo que pisaba. El portafolios le estorbaba más que nunca y los tenis le pesaban una tonelada. Sentía en la nuca la mirada de todos los que estaban en el parque. Empezó a sudar. El sweater del uniforme lo asfixiaba y los anteojos se le empañaban. No supo cómo cruzó la calzada. Cuando llegó a su casa se había tranquilizado pero jamás volvió a pasar por el kiosco camino de la secundaria.
